EL VIEJO SABIO
El Viejo Sabio siempre salía de su ermita muy temprano, antes de salir el Sol. Su viejo cuerpo no le pedía demasiado descanso y seguía lleno de vitalidad, apenas dormía cuatro o cinco horas, despertaba rebosante de energía y salía a barrer el patio delantero de la ermita para que los feligreses encontrasen un lugar limpio y ordenado en el que pudieran ordenar pacíficamente su alma.
Sin embargo el primer caminante que pasaba delante de su lugar de paz no era un feligrés suyo.
Hacía varios mese que Gr'anSan venía observando a ese jovencito. Antes solía jugar con los chicos de su edad, pero desde hace unos meses su comportamiento había cambiado mucho... y eso le llamaba la atención al Viejo Sabio. Aunque lo que más le extrañaba no era que ya no se relacionase con niños de su edad y solo caminara junto a hombres mucho más mayores que él. Lo que más le extrañaba al Anciano clérigo era el brusco cambio que había sufrido su espíritu. Gr'anSan calculaba que en estos últimos meses, el joven Kan, había madurado el equivalente a 15 años. Y eso si que le llamaba la atención.
El Viejo Sabio posó la escoba contra una de las paredes de piedra que formaban su vieja ermita, y alzó la mano para llamar la atención del Joven Samurai.
- Joven! - Grito a Kan - ¿Donde vas tan temprano? A estas horas sólo los demonios y los santos andan por la calle. Los primeros retornan a las entrañas de la tierra a protegerse del abrasador Sol y los segundo bajan del cielo para proteger a los hombres de las calamidades y del Mal. - Y como haca todas las mañanas preguntó junto al Joven - ¿Tú que eres? ¿Santo o Demonio?
- Ninguna de las dos cosas – Replicó con una sonrisa Kan, todas las mañanas tenía la misma conversación con el anciano y todas las mañanas las palabras eran las mismas, se había convertido en un ritual diurno entre los dos - Solo soy un Joven Samurai que camina hasta los arrecifes para poder contemplar la belleza del amanecer y la suavidad del fluir de las Olas en el Mar.
- ¿Y porqué haces tal cosa en vez de alargar tu descanso como el resto de los mortales? – Preguntó el Viejo añadiendo una novedad a la conversación. Kan quedó sorprendido, ya había reemprendido el camino al considerar que la conversación había finalizado como tantos días atrás; tardó un segundo en organizar sus ideas antes de mirar fijamente a los ojos del anciano y responder...
- Porque mi espíritu guarda tal ansia por vivir la vida y por actuar que le es difícil mantenerse dormido más de unas pocas horas al día. Solo duermo lo suficiente para deshacerme del cansancio del día anterior y despertar cargado de nuevas energías. - Kan hizo una pausa para comprobar si el Anciano Clérigo comprendía lo que le decía, el Sabio conocedor del corazón y las almas de los hombres asintió y con un gesto de su mano invitó al Joven a continuar - Ver la belleza del amanecer renueva y dobla mis energías, pues hace renacer en mi espíritu la fé por las causas justas y las buenas acciones. Por otra parte el suave mecer de las olas calma mi espíritu y me ayuda a ordenar mis ideas y a organizar mentalmente mis tareas diarias de una forma más tranquila y eficiente.-
Violentamente el Viejo Sabio tomo su gastada escoba y agitándola en el aire replicó.
- ¿Entonces que haces perdiendo el tiempo con un Viejo Estúpido? Ve, Corre! Que este Viejo Tonto te ha entretenido y no quiero que por mi culpa te pierdas ni un momento tan sagrado de tu tiempo.
Kan, impulsivo por naturaleza, azorado de tal manera por el anciano echó a correr como alma que lleva el diablo hacia su lugar secreto.
- Y después, cuando retornes pases por aquí, pasa a ver a este Viejo Loco que quiere hablar contigo! - Grito Gr'anSan al jóven mientras corría.
Turbado por las palabras del jóven, el Sabio Clérigo delegó esa mañana las tareas clericales en su ayudante, un hombre de mediana edad que había sido aprendiz de Gr'anSan desde que era solo un niño. El viejo Sabio se retiró a su patio trasero desde donde vería llegar antes al Joven Samurai, y se entretuvo barriéndolo lentamente mientras dejaba que su mente viajara por los derroteros de la meditación.
Pocos momentos después de que los broncilíneos dedos de la Aurora dejaran de acariciar la ondulante superficie del mar, el Anciano Clérigo vio retornar tranquilamente a Kan por el camino del desfiladero. Su paso era tranquilo y seguro, su postura era erguida, denotaba firmeza... y sin embargo estaba exenta de presunción.
Una de sus manos acariciaba su barbilla, aquel mentón joven que todavía no era capaz de empezar siquiera a cubrir su cara con el vello de la madurez. Su otra mano se movía en el aire acompañando los pensamientos del jóven. Hubiera parecido un gran Sabio meditando sobe la importancia de la existencia del hombre sino fuera por que su joven piel y sus músculos aún sin formar delataban su extrema juventud. Gr'anSan estaba convencido de que dentro de ese cuerpo de niño residían el espíritu y la mente de un hombre Maduro, Sabio y Justo. Por eso quería asegurarse de que sus intenciones eran justas y de que sus actos serían los correctos. Pues en caso de que la injusticia rigiera sus actos aquel pequeño sería aún más temible que el peor de los demonios, pues si una cosa era segura era que ese niño un día cambiaría las vidas de millares de hombres... y él debía saber si sería para bien o para mal...
- ¿Cómo ha sido hoy el amanecer Joven Samurai?
- Precioso - respondió Kan resurgiendo de sus pensamientos - precioso... como siempre.
- Te he visto cruzar delante de mi ermita todos los días durante meses - dijo el Anciano Clérigo mientras invitaba con un gesto de su mano al jóven Kan a tomar a siento a su lado - Y en todos esos meses nunca has entrado a descargar tu alma de las malas acciones que hallas cometido.
Kan miró con los ojos abiertos de par en par al viejo clérigo como solo los niños saben hacer. ¿Realmente habían pasado meses? Le habían parecido solo unos pocos días... realmente el tiempo cada vez corría más rápido.
- Eh... - Kan no sabía que responder, al final miró al Viejo Sabio con una mirada que reflejaba su inocencia y su arrepentimiento - Lo siento - Dijo sencillamente.
- Eso está bien... pero no es suficiente. - El Anciano fijó sus ojos en Kan para escrutar atentamente su rostro y no perderse ni la más mínima reacción de su rostro - Dime entonces ahora cuales han sido tus malas acciones en todo este tiempo. Incluidos los malos pensamientos...
La voz del Anciano Clérigo era dulce y firme a la vez, sin embargo ni una sombra de miedo, ni la más mínima duda recorrió el rostro de Kan cuando respondió, casi automáticamente.
- No he cometido ninguna - Y la mirada sincera que se reflejó en sus ojos, junto con la inocente sonrisa, exenta totalmente de orgullo que se reflejó en su rostro convenció de la veracidad de sus palabras al Viejo Sabio... el cual quedó increiblemente impresionado por la simple afirmación del joven Kan.
El Anciano meditó un momento, era obvio que Kan era sincero, pero sin embargo era tan difícil... ¡Casi imposible!
- ¿No has causado mal a nadie? – Preguntó el anciano y el joven respondió negando efusivamente con la cabeza.
- ¿No has tomado nada que no te pertenecía? - Kan negó con una incrédula expresión en su rostro que reflejaba que, para él, eso era algo impensable.
- ¿Quizás has tenido pensamientos negativos sobre alguna persona? - Dijo el anciano mientras guiñaba un cómplice ojo a su interlocutor.
- No! ¿Debería haberlo hecho? - Replico Kan.
- ¡Por supuesto que no! ¡No digas tonterías! - Dijo perdiendo los nervios momentáneamente- Perdona... Es que como haya muchos como tú... Me quedo sin trabajo! - Y prorrompió en una enorme carcajada - Dime, tampoco has tenido pensamientos extraños sobre las mujeres...
- ¿Como qué? - respondió extrañado Kan.
- No, nada olvídalo - ¡Tampoco eso! Claro, era demasiado joven... físicamente solo era un niño, aunque su mente fuera la de un adulto.
- Kan, acércate y mira... - dijo el anciano mientras sacaba un paquete de semillas de entre su túnica blanca - Esta es mi distracción, tú miras el mar... yo doy de comer a las palomas - Diciendo esto arrojó un gran puñado de semillas delante de sí. Inmediatamente un estruendoso batir de alas llenó el aire, y unas pocas palomas al principio y después docenas de ellas bajaron desde el techo de la ermita hasta, literalmente, rodear al jóven y al anciano.
- Mira atentamente a esas palomas Kan, puesto que son iguales a los hombres.
El jóven Kan no sabía a qué se refería el anciano, las palomas eran pequeñas y grises, tenían pico y alas... además no sabían hablar y volaban... ¡Eran totalmente diferentes a los hombres! Sin embargo el Samurai sabía reconocer cuando un hombre sabio tenía ganas de hablar y dejó que la sabiduría del anciano fluyera por su boca como un dorado ríío que no encuentra ninguna resistencia a su paso, mientras riega los puros pastos que ha de alimentar.
- Si Kan, veo en tu cara que te extrañas... pero estas palomas, aún siendo totalmente distintas en su envoltura a nosotros... en su esencia son iguales. Igual que el agua que recorre el pozo y el cubo son la misma agua... el comportamiento de las palomas es igual al de los hombres.Míralas atentamente Kan, míralas y dime que es lo que ves.
- Veo a muchas palomas comiendo - Dijo sinceramente Kan.
- ¿Seguro? - Dijo el anciano - Mira mejor!
Kan reflexionó unos instantes y añadió.
- Bueno, realmente hay algunas palomas comiendo y muchas que no.
- Y... ¿Por qué esas últimas no están comiendo Kan? ¿Acaso no hay suficiente comida?
- Bueno... realmente si hay comida bastante, si se juntaran un poco más y se acercaran aquellas del fondo... podrían comer más del doble de las que realmente están comiendo.
- Y... ¿Porqué no se acercan? ¿Crees que no tienen hambre?
- Está muy claro que tienen hambre. Esa de ahí está flaquísima! - El Jóven Samurai las miró atentamente - Parece que esas del fondo tienen miedo, y por eso no se acercan.
- ¿Dices que tienen miedo? - El anciano sonrió y miró fijamente a Kan - Pues dices bien. Tienes toda la razón. Tienen miedo y por eso no se acercan. Y, ¿Porqué tienen miedo? ¿Les vas a hacer algo? ¿Planeas matarlas?
- ¿Yo? - Preguntó el Jóven Samurai - ¡Por supuesto que no!
- Bien, yo tampoco... y a mí me conocen desde siempre, pues yo ya estaba aquí mucho antes de que ellas nacieran - El Viejo Sabio señaló al Jóven Samurai y le dijo acusadoramente - Kan, la culpa de que no coman es tuya ¿No sientes remordimientos?
- La verdad es que eso es lo que estaba pensando - El joven Samurai se rascó la cabeza y al final desesperado preguntó - ¿Qué puedo hacer?
- Bueno, puedes intentar decirles que no pretendes hacerles caso e invitarles a que se acerquen a comer. - El viejo le invitó con un gesto de su mano a probar - ¡Inténtalo!
- Palomitas bonitas, palomitas bonitas - pronunció estúpidamente Kan con una vocecilla aguda y suavizada con intención – venid a comer, no quiero haceros daño, si no coméis moriréis de hambre, ¡Vamos venid!!
Las palomas miraron a Kan como si estuviera loco y se alejaron unos pasos más.- Nada, no me hacen caso! – Exclamó agobiado Kan ¡Realmente quería que las palomas comieran!
- Puedes probar acercarte con un puñado de comida en la mano... - dijo el viejo - quizás al ver tanta comida cojan confianza y se posen en tus manos a comer...
A Kan le pareció grata la idea, así que cogió dos puñados de comida y se acercó lentamente a las palomas mostrándoles la comida. Estas al ver caer algún grano de las manos de Kan hicieron amago de acercarse, pero al ver las manos llenas de semillas del joven Samurai mientras este se acercaba...
echaron a volar espantadas por la cercanía del muchacho hasta posarse en el techo de la vieja ermita.
- ¡No lo entiendo! - exclamó enfadado Kan - ¡Estas Palomas son tontas! ¿No se dan cuenta de que yo solo quiero su bien? Si pudiera hacer que entrasen en razón... ¿Pero que digo? – Exclamó dándose cuenta de un detalle - ¡Si son sólo palomas! ¡Son desconfiadas y cobardes por naturaleza...
- ¡IGUAL QUE LOS HUMANOS! - Exclamó de un grito el Sabio Clérigo cortando los razonamientos de Kan.
El jóven Samurai quedó paralizado al ver la sutil trampa que le había preparado el Anciano Clérigo, y en su mente empezó a brillar la llama del entendimiento... pero todavía solo eran unas pocas chispas dispersas que no eran capaces de alumbrar el complicado entramado de la argumentación del anciano.
- ¿Entiendes Kan?
- Todavía no estoy seguro ...me quieres decir que todos los hombres son cobardes por naturaleza?
- ¡Ni mucho menos! - El anciano palmeó el asiento de piedra - ven, vuelve a tu asiento y mira.- Kan así lo hizo... y después de un rato sin entender nada de lo que estaba viendo preguntó...
- ¿Qué estoy viendo anciano?
- ¡El comportamiento de los hombres querido niño!
- ¿Me lo puedes explicar clérigo? - La cara de Kan era una mueca torcida... como su cabeza, que estaba ladeada en un vano intento de entender mejor el misterio.
- ¡Mejor explícamelo tú! - EL joven Samurai le envió una mirada de misericordia - ¡Venga! ¡Descríbeme lo que ves!
- Bueno, veo muchas palomas a nuestro alrededor - empezó Kan resignado - unas pocas estáá muy lejos, mirando y alargando la cabeza, pero tienen miedo de nosotros y no se acercan. - Kan las señaló con un gesto - La mayoría está a una distancia de un par de brazas de nosotros...
- La distancia justa de seguridad - añadió el anciano y ante la mirada de extrañeza del joven agregó - Si estuvieran a una braza, podrías cogerlas con solo alargar el brazo. Estando a dos brazas, si haces un movimiento brusco para intentar cogerlas... ellas tendrán el tiempo justo para echar a volar y escapar - El anciano indicó con la mano a Kan que continuara su descripción.
- Pues estas palomas están picoteando unos cuantas semillas, aunque son pocas porque la mayoría está a nuestro alrededor - El jóven Samurai guardó silencio un segundo antes de añadir - es extraño que no se acerquen más, pues son muchas palomas para muy pocos granos.
- Exacto! Continúa por favor.
- Bueno, muy cercanas a nosotros - Kan estiró un brazo para demostrar sus palabras - dentro de la distancia de una braza están cerca de una docena de palomas... que se están poniendo moradas, pues se están comiendo la mayoría de los granos que echaste al suelo.
- Muy bien! Veo que sabes describir muy bien - El viejo señaló las manos del chico - Ahora extiende tus manos en forma de copa y dime lo que pasa.
El joven Kan, dándose cuenta de que todavía llevaba en las manos las semillas que antes había cogido, colocó coloco en forma de copa sus manos, igual que cuando bebía de un río... y esperó . Unas pocas semillas cayeron de sus manos, pero al momento una paloma enorme y preciosa se posó en el borde de sus manos y se puso a comer de la gran cantidad de semillas que Kan tenía entre sus manos. Era obvio que esta era la paloma más feliz de todas, pues después de echarle un par de miradas de advertencia al joven se puso a comer como una loca, con una gran ansia y una gran alegría. Kan la observaba con la boca abierta y sin mover un solo músculo, casi apenas respiraba de la emoción que sentía al tener al bello pájaro entre sus manos.
Era lo que antes había deseado con las otras palomas asustadizas... al ver que estaba segura en las manos del jóven humano, la paloma relajó sus plumas, retrajo una pata y se dispuso a comer esta vez de una forma más calmada y relajada... aunque con grandes bocados cada vez. Si la Palomas hubiera tenido boca en vez de Pico, Kan habría jurado que la paloma le sonreía.
- Bien jovencito - dijo el Anciano Clérigo sacando al Joven Samurai de su ensoñación - estoy esperando a que me lo acabes de describir.
- Eh... - exclamo Kan buscando las palabras adecuadas - Una paloma está sobre mis manos comiendo absolutamente todas las semillas que quiere... al principio tenía miedo, pero ahora ha visto que no tiene nada que temer de mí y come confiada y tranquila.
- ¿Has entendido ya lo que te quiero decir?
- Aun no Clérigo - Dijo el joven ruborizándose - creo que voy viendo alguno de los matices del tapiz, pero aún no soy capaz de admirar toda su belleza.
- Bien, te ayudaré - dijo sonriendo el Sabio Clérigo, en realidad le gustaba resaltar ante los demás que era el más grande conocedor del corazón de los hombres - Las palomas que ves al fondo son infelices y pasan hambre, tienen la comida a su alcance, solo tienen que volar hasta aquí, cerca de nosotros y cogerla... pero su miedo les impide hacerlo. Temen que les hagamos algún daño. - El anciano hizo una pausa y miró al joven, en su rostro se empezaba a iluminar la llama del entendimiento - Realmente esas palomas son tan capaces de coger las semillas y comer como las demás, pero sus miedos les impiden alcanzar la comida...
- Los fantasmas del miedo y del fracaso los detienen - Murmuró Kan entre dientes.
- Perdona ¿Qué decías? – Preguntó el anciano - Mis oídos no son lo que eran...
- Nada, nada. Por favor continuar.
- Bueno, pues decía que son tan capaces de alcanzar la comida y de comer como las demás, pero que su miedo les impide alcanzar la comida cuando...¡Simplemente tienen que hacerlo! - El anciano miró fijamente y con seriedad al joven.
- Esto le pasa a muchos hombres, solo han de actuar, de hacer las cosas, de luchar por ellas para alcanzarlas y cogerlas... y no lo hacen por miedo a fracasar. Estas palomas que hay más cerca - Continuó el Sabio cambiando de tono y señalándolas - como puedes ver, y tu mismo has dicho, son la mayoría. Se conforman con unos pocos granos seguros, aunque saben que no hay bastantes para todas. La mayoría de ellas se quedará con hambre, y cada día las la veras un poco más flacuchas . Unos días tendrán suerte y comerán un poco más, otros días tendrán menos suerte y comerán un poco menos... sin embargo la mayoría de las veces sólo tendrán la comida justa para sobrevivir... Realmente solo tienen que dar un pasito más, acercarse a la comida... ¡Y tendrán toda la comida que quieran! - El anciano se encogió de hombros - sin embargo prefieren estar allá, a dos brazas de nosotros porque se sienten seguras... y esa falsa seguridad las condena... porque ¿Cómo pueden sentirse seguras si en el fondo de sí saben que no hay comida para todas? - El anciano guardó una pausa antes de continuar - Muchas personas son así, se agarran a una falsa seguridad y viven infelices y preocupadas, engañándose a sí mismas y haciéndose pensar que son felices cuando en realidad... temen que no les llegue la comida para sobrevivir.
Kan estaba con la boca abierta, las palabras del anciano eran la sabiduría más pura que nunca había oído... solo estaba describiendo el comportamiento de unas simples palomas... y estaba descubriendo el corazón humano a sangre viva... El joven Samurai cerró su boca con la mano izquierda e intentó mantener la compostura para asimilar mejor las palabras del Sabio Clérigo.
- Estas otras palomas que están a nuestro alrededor son afortunadas! ¿No crees? - La pregunta era retórica, así que no esperó a que el jóven le diera contestación
- ¡POR SUPUESTO QUE NO! Estas palomas simplemente han hecho lo que las demás no se han atrevido ha hacer... ¡Acercarse hasta nosotros y comer! - El anciano esperó un momento a que la sabiduría impresa en sus simples palabras hiciera mella en Kan
- Lo único que han hecho es arriesgarse a venir hasta nosotros... y comer. Nosotros no queríamos hacerles daño ¡Por eso les dimos la comida! - El Viejo Sabio miró a los ojos a su jóven pupilo - Y como confiaron, se arriesgaron... y lo hicieron... ellas dormirán esta noche con la barriga bien llena! Mientras que las demás sienten envidia de ellas y piensan que son afortunadas... - Gr'anSan se rió de si mismo - Dirás que son paparruchadas de un viejo, dirás que son solo palomas... - El Sabio Anciano fijó su mirada en el atento joven - ¿Pero cuantas personas duermen sintiendo envidia por los más "afortunados"? ¿Cuántos seres humanos achacan a la "fortuna" que otros tengan más que ellos? ¡MILLONES! - El anciano hizo batir su blanca túnica espantando a algunas de las palomas más cercanas - y ¿Por qué ? Simplemente porque no han tenido agallas para hacer lo que debían hacer, porque no TIENEN valor para afrontar sus miedos y ¡ACTUAR! - El anciano andaba entre las palomas entusiasmado - ¡No se dan cuenta! No se dan cuenta de que lo único que tienen que hacer es ¡ACTUAR! - Señalo a Kan con un dedo en una especie de ataque de locura... o de cordura - Creen - dijo bajando su tono de voz - ¡quieren creer! que la vida es cuestión de suerte, que si hay una paloma que tiene más que ellas, que está más cerca de la comida... es simplemente porque tuvo más suerte al aterrizar... y no se dan cuenta, o no tienen el valor suficiente para dar un pequeño salto y ganarse ese puesto privilegiado... simplemente con unos pequeños pasos! - El anciano al fin se relajó y caminando lentamente volvió a sentarse en su mármol banco.
- Las que hacen eso, las que dan esos pequeños pasos consiguen todo aquello que ansían. - Y añadió muy serio, mirando fijamente a Kan como miraría a un hombre al que va ha revelar la última y más grande verdad que va ha conocer en su vida - No creas que las palomas que tienen mucha comida a su disposición son pocas porque sea difícil dar ese salto, o porque haya poca comida... son pocas porque la mayoría de las palomas no tienen el valor suficiente para acercarse a la comida...
Kan no dijo nada, estaba bien claro lo que el anciano le había dicho. La sabiduría de sus palabras era inmensa, por fin comprendía muchas cosas... no sólo de esa tarde, sino de toda su vida... mientras pensaba esto Kan se fijó en la paloma de su mano, se había quedado dormida justo encima de la comida, en ese momento despertó ligeramente, cogió un buen bocado de semillas, las tragó y volvió a dormirse.
- Y esa Paloma Kan - dijo tranquilamente el viejo - Esa paloma eres Tú! - El joven le miró asombrado - Si tú Kan, porque como tú esta paloma no se ha conformado con las migajas del suelo, tú has ido directamente a la fuente y te has quedado a vivir en ella. - El anciano se acomodó en su asiento - Si te acuerdas, al principio esta paloma estaba asustada como la que más, sin embargo vio que la recompensa por confiar en ti, por subirte a tu mano era enorme. ¡Esta es la paloma más feliz y rica de todo este palomar! - Dijo el anciano resaltando sus palabras con un gesto de sus brazos que abarcó todo el patio
- Después de arriesgarse vio que realmente estaba segura entre tus manos y se dispuso a comer tranquilamente. Incluso ahora, mientras las palomas del fondo pasan hambre... ella duerme tranquila, con la barriga llena y con mucha más comida a su disposición. - El anciano señaló a las palomas del fondo - las demás podrían hacer lo mismo, podrían volar hasta tus manos a comer y dormir tranquilas... tú incluso se lo ofreciste a algunas, fuiste detrás de ellas y ellas echaron a volar asustadas... ¿Acaso no tienen alas para volar a tus manos? ¿Acaso no tienen pico para comer? - El anciano sonrió - Lo que les falta es un corazón puro que les infunda el valor suficiente para batir sus alas y volar hasta tus manos.
Kan guardó silencio para meditar las palabras del anciano... eran ciertas, todas las palomas tenían las mismas oportunidades, la única diferencia estaba en cual era la paloma que tenía el valor para hacerlo. Igualmente todos los seres humanos contaban con las mismas oportunidades... la diferencia estaba en quienes eran cobardes y se escondías detrás de culpabilidades y "suertes"... y quienes eran valientes y hacían lo que tenían que hacer para alcanzar ese premio sublime.
- Aún más anciano - Exclamó el Joven Samurai entusiasmado - mira las palomas, algunas son blancas y otras grises, unas tienen más plumas y otras menos, unas tienen las patas enteras y a otras les ha comido algún dedo algún gato... sin embargo por ninguna de esas características externas podemos juzgar cuales de ellas se quedarán con hambre y cuales no, por ejemplo aquella bellísima paloma toda blanca - dijo señalando con su mano Izquierda, ya que en la derecha dormía la paloma-samurai - es un paloma preciosa, con unas alas que sin duda le facilitarían el volar rápida y presta hasta la comida, sin embargo se queda allá, alejada y muerta de hambre porque le falta valor. Y a esta de aquí le falta una pata, y eso no le impide comer.
Bellas y mutiladas, débiles y Fuertes están mezcladas... pero ninguna de estas características les hace alcanzar la comida, sino que es el valor y el coraje de su corazón lo que les impedirá morirse de hambre y comer!
- Exacto! Has entendido muy bien! Solo falta una cosa - El anciano miró fijamente al jóven - ¿Te acuerdas cuando te mandó que ofrecieras las semillas a las palomas del fondo? A las cobardes... ¿Qué ocurrió?
- Pues que huyeron, les parecería que debía de haber alguna trampa... y prefirieron quedarse con hambre a arriesgarse.
- Pues así actúan muchísimas personas querido Kan... ¡E incluso peor! Algunas a las que les ofreces en bandeja de oro las semillas del éxito... huirán, otras te insultarán, otras sospecharán de ti, otras te pondrán a prueba... ¿Por qué? Porque su corazón es débil y cobarde, no tienen un verdadero espíritu luchador. Y dime Kan... ¿Quieres personas así en tu ejército?
Kan despertó en ese momento a una realidad que no había visto hasta entonces, ésta no sólo era una simple lección sobre el corazón humano, la forma de comportarse de la gente y el cómo saber diferenciarlos, era también... ¡Un consejo de incalculable valor! Porque si aprovechaba bien los conocimientos que hoy había adquirido podría formar un ejército de personas verdaderamente valientes y audaces, podría desechar a todas las palomas cobardes y a las que viven en un mundo de sueños y falsas realidades para quedarse solamente con aquellas que realmente eran valientes y puras de corazón, las que venían ellas solar a comer las semillas del éxito y con aquellas únicas palomas que iban directamente a comer de la fuente.¡El suyo sería un ejército invencible!
- Claro que no quiero a cobardes en mi ejército! A partir de hoy dejaré de correr detrás de las palomas cobardes y daré las semillas únicamente a aquellas que tengan el valor de saber captar y aprovechar la oportunidad a la primera. ¡Porque únicamente esas son las que me interesan! ¡Sólo las valientes y decididas!
- Perfecto! – Contestó el anciano - Porque yo llevo toda mi vida intentando que las personas que son como aquellas palomas del fondo vuelen hasta la comida... ¿Y sabes lo que he conseguido? - preguntó al jóven - ¡NADA! Que huyan una y otra vez... créeme, por mucho tiempo que corras detrás de ellas no conseguirás nada. Y eso no es lo peor ¿Sabes que es lo peor?
- Si! - Contestó el jóven Samurai sorprendiendo al Sabio Anciano - Que cada segundo que pierdes con ello es un grano que le quitas de comer a una paloma que sí quiere comer de tus semillas.
- Exacto! - Contestó Gr'anSan - ¿Y sabes lo que voy ha hacer ahora? - El anciano miró con cara divertida al jóven - Voy dejar de perseguir palomas cobardes y me voy a poner con las manos abiertas a dar semillas a las palomas valientes, pues hoy he visto que es una tarea mucho más fácil y productiva. ¡Espera aquí un momento! - Y diciendo esto desapareció dentro de su vieja ermita.
Kan miró a su paloma y probó intentar colocarla en su hombro, milagrosamente la paloma encontró más agradable el hombro del jóven que su mano y decidió quedarse a dormir tranquilamente en el hombro del que ya consideraba su almacén personal de comida.
Al poco rato reapareció el anciano con un ligero saco y su vieja escoba, y echándose el primero encima de su hombro y tomando la segunda como si de una espada se tratara preguntó al jóven Samurai...
- Admitís ancianos de noventa años en tu campamento?
- ¡Si claro! ¿Deseas ser un Samurai?
- ¿Tendré que aprender a manejar la espada? ¿Es necesario que me levante al amanecer y me acueste cuando la luna está en su cenit? ¿Acaso he de aprender y enseñar todo lo que sé a cientos de personas?
- Si, si y Si! - Respondió automáticamente Kan.
- Pues entonces vamos... ¡Que estoy impaciente! - Y añadió mirando la paloma - Por cierto te llevas a tu paloma-samurai.
- Parece que sí, me ha tomado por un almacén de comida andante... - y acariciando el suave pecho de la paloma añadió - Me parece que esta paloma ya ha solucionado su vida para siempre!
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sábado, 3 de septiembre de 2011
lunes, 29 de agosto de 2011
El aprendiz de samurai - Relato 4
CONSTRUYENDO EL TEMPLO I
Había pasado otra semana desde que Kan hablase con su padre, había estado muy ocupado aprendiendo y practicando. Se había organizado todo el día minuto a minuto sin dejar de lado los tiempos de descanso y distracción.
Solo había pasado una semana y gracias a su organización había rendido como si hubiera trabajado un mes entero sin descanso.
Se habían unido dos personas más a su equipo de aprendices de Samurais. El primero había sido un amigo de la niñez que no veía desde que tenía muchos años. Enseguida se apasionó con la vida del Samurai y se unió a él. El otro era un viejo guerrero con el que se había topado por el camino a casa una tarde lluviosa. Charlaron por el camino y cuando el nuevo amigo de Kan le preguntó que era en lo que ocupaba su tiempo.
El joven Samurai le impresionó diciéndole que era parte de un inmenso equipo de Samurais. Al principio Uter "el Guerrero" se rió del joven aprendiz, diciendo que si todos los "Terribles Samurais" eran como él... pocas guerras podían ganar. Kan se sintió ofendido, pero reconoció ante el experimentado guerrero que él era solo un aprendiz recién incorporado, y le contó algunas de las aventuras de su padre. Uter, al escuchar esto y ver la sinceridad en la mirada de Kan y la seguridad con la que contaba hazañas increíbles, decidió que como poco tenía que darse la oportunidad de probar. Ya era un hombre maduro, y le parecía irrisorio estar a las ordenes de un niño de doce años... sin embargo calculó que con que aprendiera solo la mitad de las hazañas que le relataba Kan, la cosa merecería la pena.
Ahora Kan tenía una responsabilidad mucho mayor, tenía a tres personas a las que enseñar. Empezó repitiendo palabra por palabra lo que había aprendido en los últimos días a cada uno de los miembros de su pequeño equipo.
A continuación, entusiasmado fue a ver a su padre para preguntarle lo que debía hacer.
- Hijo - Le contestó el General de generales - debes empezar a construir tu templo.
Kan le miro extrañado.
- Si hijo, debes construir un gran templo que refleje tu sabiduría y tu poder. Pero primero has de aprender a construirlo. - Kazo sentó a su hijo en sus rodillas - Hace tres lunas que has cogido una pala y te has puesto a escarbar tu solo en la dura tierra...
Kan no salía del asombro ante las palabras de su padre, el no había cogido ninguna pala y menos escarbado. Esperaba que no se le hubiera pasado ninguna importante obligación por alto!
- ...Te has puesto a escarbar por que lo primero que hay que hacer antes de construir un templo es crear los cimientos. - La cara de el viejo Samurai reflejaba un amor que reconfortaba a su hijo y le incitaba a escuchar atentamente - en estas dos últimas semanas se han unido a ti un total de tres personas que hasta el momento te han animado a escarbar mejor y más rápido. Sin embargo, lo que necesitas es que esas personas te ayuden a escarbar unos cimientos sólidos y profundos. Para que así tu templo sea fuerte y resistente frente a los elementos. Si ellos no te ayudan, tú solo lograrás crear un pequeño agujero en la tierra sobre el que construir una débil sombra de un templo, una sombra que se derrumbará en cuanto soplen los primeros vientos.
En la mente de Kan iba empezando a brillar la llama de la comprensión y el entendimiento.
- Para que tu templo sea resistente no solo han de ser de primera calidad sus materiales, sino que también sus cimientos han de ser sólidos y estar fijados sobre la dura roca que se encuentra a muchos metros enterrada en la tierra. - La grabe voz del Samurai penetraba en la imaginación de su hijo creando imágenes de el y sus Samurais escarbando sonrientes y en equipo en la tierra, poco a poco pero cada vez más rápido
- Para ellos necesitas a mucha más gente que tú y tu guardia personal de tres personas, incluso que una guardia personal completa de Siete Samurais. Necesitas que toda una tropa te ayude a escarbar los cimientos de tu templo. Necesitas llegar a la dura y solida roca "madre" para que tu templo sea lo más solido posible.
Kan estaba asustado, su mirada se perdía por toda la habitación, ¡una tropa entera!
- Padre, ¿Como puedo reclutar y formar a una tropa entera? Yo solo no puedo!
- Hijo, recuerda... no estás solo, ahora cuentas con tu tropa personal para que te ayude. ¿No les has enseñado todo lo que sabes?
- Si Padre, día a día.
- Entonces... que les impide a ellos hacer lo mismo que tu haces ?
- ¿El que padre?
- ... enseñar a otros nuevos Samurais!
- Pero... entonces... ya no serían mi escolta personal, tendrían su propia escolta personal y... ¡Claro! ¡Seríamos toda una tropa!
- Exacto, tu debes encontrar a a tus Siete Samurais, ahora tienes tres aprendices que quizás no se conviertan en Samurais, sin embargo puede ser que sí se conviertan en verdaderos Samurais mientras enseñan a otros a convertirse en Samurais.- El viejo Samurai sacó una moneda de su bolsa y la puso en el centro de la mesa.
- Esta moneda eres tú hijo mío. Ahora cuentas con tres personas más. - tomó otras tres monedas y las dispuso en circulo, dejando a la moneda que representaba a Kan en el medio. - Formáis un equipo de 4 personas, pero si cada uno de tus tres aprendices de samurai tomara a otros tres aprendices a su cargo y les enseñara...- Kazo tomó nueve monedas más y las dispuso en un circulo más amplio alrededor del existente.
- Entonces ya seríais un equipo de 13 personas. - Kan miraba con curiosidad las monedas - ¿No son más poderosas 13 personas que 4?
- Si Padre, creo que lo entiendo.
- Ahora mira lo que pasa si en vez de tres aprendices cuentas con Siete Samurais - Kan sacó ocho monedas de su bolsa, dispuso una en el medio, apartada del grupo de 13 monedas y dispuso las otras Siete formando un circulo alrededor de la central - Este del medio serás tú, hijo mío, cuando seas un verdadero Samurai, y estas monedas representan a tus Siete Samurais - Kazo resaltó este hecho - Este es el equipo perfecto, por el que todos hemos de luchar para alcanzar.
- ¿Porqué Padre? - Preguntó intrigado Kan.
- Siete hijo mío es el número perfecto, sobre todo para los equipos. Si un equipo es mayor de Siete, es muy difícil de controlar y de formar, es difuso como el aire pues siempre hay partidísmos. Y si es menor de Siete, siempre está incompleto, nunca existirá verdadera unión y camaradería por que si uno solo falta, el equipo es débil.
Sin embargo! Si existe un equipo de Siete Samurais todos están unidos, los lazos de camaradería y la amistad se hacen casi irrompibles y su trabajo en equipo es perfecto. Ya lo decían los antiguos... ¡SIETE SAMURAIS PUEDEN MOVER EL MUNDO!
Kan reflexionó sobre las palabras de su padre, era cierto su equipo de tres personas era muy débil, no existía verdadera camaradería y pasión en los asuntos que trataban y si fueran demasiados, veinte o más sería un caos intentar enseñar algo a todos. Sin embargo un equipo de 7 personas sería perfecto, estarían unidos como un grupo de amigos mientras trabajan y serían fuertes ante cualquier ataque.
- Ahora imagínate que cada uno de tus Siete Samurais adiestra a su propia guardia personal de Siete Samurais - Kan extrajo un gran puñado de monedas y las fue colocando una a una en una sobre la mesa, alrededor de las Siete monedas que representaban a los Siete Samurais de Kan - Todas estas personas serían también parte de tu equipo, y cada uno de tus Samurais sería el capitán que dirige su propio equipo... ¿Cuántas personas hay ahora en tu tropa Kan? - Dijo señalando el enorme círculo de monedas.
- Son 57 personas Padre ¡Toda una tropa!
- Exacto, una tropa dividida en 49 soldados, 7 capitanes y un pequeño general... tú.
Kazo hizo una pausa para que todos esos números entraran en la cabeza de su jóven hijo Kan. La diferencia saltaba a la vista. El pequeño círculo con 13 personas y el gran circulo de 57 personas, un número que ya representaba poder y fortaleza.
- Esta Kan, es la tropa que necesitas para hacer los cimientos de tu templo... - El viejo Samurai miró con ternura a su hijo, debía entender bien esta importante lección si quería ser un verdadero Samurai en un futuro cercano - ... sino lo consigues tu templo será frágil como una hormiga. Sin embargo cuando lo consigas... tu templo será tan sólido como la roca, y ningún huracán será capaz de doblegarlo.
Kan miró pensativo los dos montones de monedas, desde el primer día se había jurado a si mismo y a su padre que trabajaría para convertiste en un verdadero Samurai, y ahora que entendía la importancia de la lección que le acababa de dar su padre... ¡Tenía que ponerse en acción!
- Padre! debo dejarte, tengo que llamar a todos mis Samurais para contarles lo que tu me has explicado. ¡Quiero formar el templo más solido del mundo! - Y de un salto marchó corriendo a ponerse en acción!
Su padre le siguió con la mirada pensando que pronto, muy pronto su hijo le habría superado... y ese pensamiento le llenó de orgullo el corazón.
Había pasado otra semana desde que Kan hablase con su padre, había estado muy ocupado aprendiendo y practicando. Se había organizado todo el día minuto a minuto sin dejar de lado los tiempos de descanso y distracción.
Solo había pasado una semana y gracias a su organización había rendido como si hubiera trabajado un mes entero sin descanso.
Se habían unido dos personas más a su equipo de aprendices de Samurais. El primero había sido un amigo de la niñez que no veía desde que tenía muchos años. Enseguida se apasionó con la vida del Samurai y se unió a él. El otro era un viejo guerrero con el que se había topado por el camino a casa una tarde lluviosa. Charlaron por el camino y cuando el nuevo amigo de Kan le preguntó que era en lo que ocupaba su tiempo.
El joven Samurai le impresionó diciéndole que era parte de un inmenso equipo de Samurais. Al principio Uter "el Guerrero" se rió del joven aprendiz, diciendo que si todos los "Terribles Samurais" eran como él... pocas guerras podían ganar. Kan se sintió ofendido, pero reconoció ante el experimentado guerrero que él era solo un aprendiz recién incorporado, y le contó algunas de las aventuras de su padre. Uter, al escuchar esto y ver la sinceridad en la mirada de Kan y la seguridad con la que contaba hazañas increíbles, decidió que como poco tenía que darse la oportunidad de probar. Ya era un hombre maduro, y le parecía irrisorio estar a las ordenes de un niño de doce años... sin embargo calculó que con que aprendiera solo la mitad de las hazañas que le relataba Kan, la cosa merecería la pena.
Ahora Kan tenía una responsabilidad mucho mayor, tenía a tres personas a las que enseñar. Empezó repitiendo palabra por palabra lo que había aprendido en los últimos días a cada uno de los miembros de su pequeño equipo.
A continuación, entusiasmado fue a ver a su padre para preguntarle lo que debía hacer.
- Hijo - Le contestó el General de generales - debes empezar a construir tu templo.
Kan le miro extrañado.
- Si hijo, debes construir un gran templo que refleje tu sabiduría y tu poder. Pero primero has de aprender a construirlo. - Kazo sentó a su hijo en sus rodillas - Hace tres lunas que has cogido una pala y te has puesto a escarbar tu solo en la dura tierra...
Kan no salía del asombro ante las palabras de su padre, el no había cogido ninguna pala y menos escarbado. Esperaba que no se le hubiera pasado ninguna importante obligación por alto!
- ...Te has puesto a escarbar por que lo primero que hay que hacer antes de construir un templo es crear los cimientos. - La cara de el viejo Samurai reflejaba un amor que reconfortaba a su hijo y le incitaba a escuchar atentamente - en estas dos últimas semanas se han unido a ti un total de tres personas que hasta el momento te han animado a escarbar mejor y más rápido. Sin embargo, lo que necesitas es que esas personas te ayuden a escarbar unos cimientos sólidos y profundos. Para que así tu templo sea fuerte y resistente frente a los elementos. Si ellos no te ayudan, tú solo lograrás crear un pequeño agujero en la tierra sobre el que construir una débil sombra de un templo, una sombra que se derrumbará en cuanto soplen los primeros vientos.
En la mente de Kan iba empezando a brillar la llama de la comprensión y el entendimiento.
- Para que tu templo sea resistente no solo han de ser de primera calidad sus materiales, sino que también sus cimientos han de ser sólidos y estar fijados sobre la dura roca que se encuentra a muchos metros enterrada en la tierra. - La grabe voz del Samurai penetraba en la imaginación de su hijo creando imágenes de el y sus Samurais escarbando sonrientes y en equipo en la tierra, poco a poco pero cada vez más rápido
- Para ellos necesitas a mucha más gente que tú y tu guardia personal de tres personas, incluso que una guardia personal completa de Siete Samurais. Necesitas que toda una tropa te ayude a escarbar los cimientos de tu templo. Necesitas llegar a la dura y solida roca "madre" para que tu templo sea lo más solido posible.
Kan estaba asustado, su mirada se perdía por toda la habitación, ¡una tropa entera!
- Padre, ¿Como puedo reclutar y formar a una tropa entera? Yo solo no puedo!
- Hijo, recuerda... no estás solo, ahora cuentas con tu tropa personal para que te ayude. ¿No les has enseñado todo lo que sabes?
- Si Padre, día a día.
- Entonces... que les impide a ellos hacer lo mismo que tu haces ?
- ¿El que padre?
- ... enseñar a otros nuevos Samurais!
- Pero... entonces... ya no serían mi escolta personal, tendrían su propia escolta personal y... ¡Claro! ¡Seríamos toda una tropa!
- Exacto, tu debes encontrar a a tus Siete Samurais, ahora tienes tres aprendices que quizás no se conviertan en Samurais, sin embargo puede ser que sí se conviertan en verdaderos Samurais mientras enseñan a otros a convertirse en Samurais.- El viejo Samurai sacó una moneda de su bolsa y la puso en el centro de la mesa.
- Esta moneda eres tú hijo mío. Ahora cuentas con tres personas más. - tomó otras tres monedas y las dispuso en circulo, dejando a la moneda que representaba a Kan en el medio. - Formáis un equipo de 4 personas, pero si cada uno de tus tres aprendices de samurai tomara a otros tres aprendices a su cargo y les enseñara...- Kazo tomó nueve monedas más y las dispuso en un circulo más amplio alrededor del existente.
- Entonces ya seríais un equipo de 13 personas. - Kan miraba con curiosidad las monedas - ¿No son más poderosas 13 personas que 4?
- Si Padre, creo que lo entiendo.
- Ahora mira lo que pasa si en vez de tres aprendices cuentas con Siete Samurais - Kan sacó ocho monedas de su bolsa, dispuso una en el medio, apartada del grupo de 13 monedas y dispuso las otras Siete formando un circulo alrededor de la central - Este del medio serás tú, hijo mío, cuando seas un verdadero Samurai, y estas monedas representan a tus Siete Samurais - Kazo resaltó este hecho - Este es el equipo perfecto, por el que todos hemos de luchar para alcanzar.
- ¿Porqué Padre? - Preguntó intrigado Kan.
- Siete hijo mío es el número perfecto, sobre todo para los equipos. Si un equipo es mayor de Siete, es muy difícil de controlar y de formar, es difuso como el aire pues siempre hay partidísmos. Y si es menor de Siete, siempre está incompleto, nunca existirá verdadera unión y camaradería por que si uno solo falta, el equipo es débil.
Sin embargo! Si existe un equipo de Siete Samurais todos están unidos, los lazos de camaradería y la amistad se hacen casi irrompibles y su trabajo en equipo es perfecto. Ya lo decían los antiguos... ¡SIETE SAMURAIS PUEDEN MOVER EL MUNDO!
Kan reflexionó sobre las palabras de su padre, era cierto su equipo de tres personas era muy débil, no existía verdadera camaradería y pasión en los asuntos que trataban y si fueran demasiados, veinte o más sería un caos intentar enseñar algo a todos. Sin embargo un equipo de 7 personas sería perfecto, estarían unidos como un grupo de amigos mientras trabajan y serían fuertes ante cualquier ataque.
- Ahora imagínate que cada uno de tus Siete Samurais adiestra a su propia guardia personal de Siete Samurais - Kan extrajo un gran puñado de monedas y las fue colocando una a una en una sobre la mesa, alrededor de las Siete monedas que representaban a los Siete Samurais de Kan - Todas estas personas serían también parte de tu equipo, y cada uno de tus Samurais sería el capitán que dirige su propio equipo... ¿Cuántas personas hay ahora en tu tropa Kan? - Dijo señalando el enorme círculo de monedas.
- Son 57 personas Padre ¡Toda una tropa!
- Exacto, una tropa dividida en 49 soldados, 7 capitanes y un pequeño general... tú.
Kazo hizo una pausa para que todos esos números entraran en la cabeza de su jóven hijo Kan. La diferencia saltaba a la vista. El pequeño círculo con 13 personas y el gran circulo de 57 personas, un número que ya representaba poder y fortaleza.
- Esta Kan, es la tropa que necesitas para hacer los cimientos de tu templo... - El viejo Samurai miró con ternura a su hijo, debía entender bien esta importante lección si quería ser un verdadero Samurai en un futuro cercano - ... sino lo consigues tu templo será frágil como una hormiga. Sin embargo cuando lo consigas... tu templo será tan sólido como la roca, y ningún huracán será capaz de doblegarlo.
Kan miró pensativo los dos montones de monedas, desde el primer día se había jurado a si mismo y a su padre que trabajaría para convertiste en un verdadero Samurai, y ahora que entendía la importancia de la lección que le acababa de dar su padre... ¡Tenía que ponerse en acción!
- Padre! debo dejarte, tengo que llamar a todos mis Samurais para contarles lo que tu me has explicado. ¡Quiero formar el templo más solido del mundo! - Y de un salto marchó corriendo a ponerse en acción!
Su padre le siguió con la mirada pensando que pronto, muy pronto su hijo le habría superado... y ese pensamiento le llenó de orgullo el corazón.
Cualquier otro nombre:
El aprendiz de samurai
viernes, 8 de octubre de 2010
El aprendiz de samurai - relato 3-
Había pasado una semana desde que padre e hijo se abrazaran para sellar el primer paso en la madurez Samurai de Kan. La puesta en marcha de la creación de su guardia personal de Siete Samurais.
Estos siete días Kan se había pasado preguntando a todos sus amigos si querían convertirse en Samurais, pero solo uno, su más íntimo amigo Goku se había unido a él.
El pesar de Kan era profundo, el sabía que no había nada más maravilloso en este mundo que ser un Samurai, la exquisita habilidad, la pureza de espíritu y el desahogo económico que vivían era lo que todo el mundo buscaba alcanzar. Pero parecía que el joven aprendiz de Samurai no era capaz de convencer a nadie de que el suyo era el mejor camino para alcanzar esas metas.
Así que apesadumbrado decidió preguntar a su padre. En ese momento su padre tenía un enorme ejército de Samurais, todos perfectamente entrenados.
Un ejército capaz de trabajar en equipo como si de una sola persona se tratara.
Kan fue a ver a su padre Kazo y se encontró con que estaba hablando a todo su ejército.
Estos estaban en formación, por columnas de Siete. El número perfecto.
Eran cientos de samurais todos en perfecta formación. Sus limpias armaduras relucían frente al claro sol. En el mango de sus espadas katanas, envainadas en su cintura, lucían sus cargos y méritos. Adornos de oro, plata y diamantes lucían por doquier. Sus miradas seguras reflejaban una formación perfecta y años de experiencia acumulada.
La voz de su padre recorría las filas llenándolas de orgullo mientras cientos de miradas de respeto y admiración se dirigían al unísono hacia su general.
La voz cálida, grave y penetrante de su padre cesó y al unísono surgió un grito de victoria de la garganta de los Samurais.
Kazo se retiró mientras Aki, el primero de su guardia personal de Siete Samurais tomaba el mando de la reunión y dejaba que el viejo Samurai descansara.
En menos de un momento, Kan sintió la mano de su padre en su hombro, señal de que tenía que estar más alerta y ser más rápido. El día que él fuera capaz de poner su mano primero en el hombro de su padre, ese día sería todo un Samurai. Mientras tanto sólo era un aprendiz.
- Padre, he fallado! - pronunció por fin el jóven Samurai - no he podido crear mi guardia personal de Siete Samurais, no puedo alcanzar la fuerza del equipo. Sólo mi amigo Goku se ha unido a mí y se que sólo ha sido por amistad.
- Hijo, no has fallado - la mirada de Kazo comunicaba comprensión, el había pasado por lo mismo hace mucho tiempo - solo has empezado, y todavía te falta mucho por aprender.
- Si padre, pero yo he hablado con todos mis amigos, les he contado las maravillas que hacéis tu y tus Samurais, el espíritu de trabajo en equipo, el honor... todo! y sabes lo que he conseguido? - el rostro de Kan se enrojeció de vergüenza e ira - Me miran con cara extraña, me dicen que eso no es posible, ¡Que son cuentos e ilusiones de un crío! Pero yo sé que es verdad, lo he visto con mis propios ojos y hay cosas que ya se hacer. ¿Cómo puedo convencerles padre? ¿Cómo puedo hacer que se unan a mí?
Kan guardó silencio, su padre le miró y vió en sus ojos una mirada de fé absoluta.
Naturalmente Kazo, como padre suyo, podra hacer el trabajo por el, reclutar y adiestrar aí esos Siete Samurais, pero entonces su hijo no aprendería. No, debía ser el mismo quien lo hiciera, y el viejo Samurai debía enseñarle el camino a su hijo igual que con cada uno de los cientos de soldados Samurais que había formado durante todos estos años.
- Hijo, con cuantas personas has hablado?
- Con muchas padre. Quince, quizás veinte.
- Y de veinte personas has conseguido que una, Kazo, diera el primer paso para convertirse en Samurai?
- Si padre... pero me faltan seis.
- Pues has tenido éxito mi querido Kan, aun sin saber trabajar correctamente.
Acuérdate de la historia de los pescadores de ostras, Stauros para conseguir sus siete ostras con perla necesito pescar cien ostras. Así, para conseguir a tus Siete Samurais tendrás que hablar con más de cien personas.
- Son muchas padre... sin embargo lo haré, hoy mismo lo haré!
- No debes precipitarte hijo. Si hablases todos los días con tanta gente descuidarías tus obligaciones. Lo primero que debes hacer es organizarte. Fija un horario. Reparte tu tiempo a lo largo del día. Dedica unas horas a hablar a la gente sobre las ventajas de ser Samurai, otras a practicar tus habilidades, otras a adquirir habilidades nuevas, otras a enseñar lo que sabes a tu equipo y por último acuérdate de descansar para recuperar fuerzas. A última hora del día haz un balance del día. Analiza lo que has hecho y medita sobre como podías haberlo hecho mejor. Y lo más importante, el último día de la semana analiza todo lo que has hecho y busca los defectos o fallos que puedas encontrar en tus actos, tu forma de actuar y de pensar. Anótalos y haz un plan de acción para remediarlos la semana siguiente. El Samurai ha de intentar ser cada vez mejor!
- Si me fijo un horario - dijo pensativo el hijo - podré actuar más eficientemente y me costará menos ponerme ha hacer las cosas, por que la propia fuerza de la costumbre me empujará ha hacer esa tarea. ¿No es así padre?
- Exacto hijo - El viejo Samurai estaba muy orgulloso de su hijo, con solo doce años ya era toda una promesa. Aprendía muy rapidamente y ponía todo de su parte para que así fuera.
Sin duda algún día superaría en méritos a su padre. Esa sería el mejor regalo que Kan pudiera hacerle a su anciano padre.
- A partir de ahora me organizaré. Y me podré pequeños objetivos que cumplir. Así cuando los alcanza sabré que he actuado correctamente.
- Sabes como se caminan mil leguas hijo mío?
- No, eso es mucha distancia ¿Cómo?
- Pues paso a paso, mi leguas no son más que muchos pequeños pasos que unidos hacen una distancia descomunal. La única forma de recorrerla es un paso detrás de otro. Si lo hacemos así, dividiendo la distancia a recorrer en noventa días y cada día en ocho horas de camino, y cada hora en sesenta minutos... descubriremos que sólo habremos de dar cinco pasos en un minuto durante tres meses para llegar a recorrer mil leguas. ¿Te parece mucho dar cinco pasos en un minuto?
- No padre! - dijo riéndose el aprendiz de Samurai - ¡Es muy fácil dar cinco pasos en un minuto! ¡¡¡Mira como los doy!!! - Y levantándose dio cinco pasos, se dió la vuelta y dió otros cinco pasos hacia su padre - Ves diez pasos en un minuto y todavía tengo tiempo para descansar!!!
- Pues de esta misma forma habrás de trabajar querido hijo, poco a poco, organizadamente y sin pausa. Hazlo así y en menos tiempo de lo que crees tendrás tu propio equipo de Siete Samurais!
Estos siete días Kan se había pasado preguntando a todos sus amigos si querían convertirse en Samurais, pero solo uno, su más íntimo amigo Goku se había unido a él.
El pesar de Kan era profundo, el sabía que no había nada más maravilloso en este mundo que ser un Samurai, la exquisita habilidad, la pureza de espíritu y el desahogo económico que vivían era lo que todo el mundo buscaba alcanzar. Pero parecía que el joven aprendiz de Samurai no era capaz de convencer a nadie de que el suyo era el mejor camino para alcanzar esas metas.
Así que apesadumbrado decidió preguntar a su padre. En ese momento su padre tenía un enorme ejército de Samurais, todos perfectamente entrenados.
Un ejército capaz de trabajar en equipo como si de una sola persona se tratara.
Kan fue a ver a su padre Kazo y se encontró con que estaba hablando a todo su ejército.
Estos estaban en formación, por columnas de Siete. El número perfecto.
Eran cientos de samurais todos en perfecta formación. Sus limpias armaduras relucían frente al claro sol. En el mango de sus espadas katanas, envainadas en su cintura, lucían sus cargos y méritos. Adornos de oro, plata y diamantes lucían por doquier. Sus miradas seguras reflejaban una formación perfecta y años de experiencia acumulada.
La voz de su padre recorría las filas llenándolas de orgullo mientras cientos de miradas de respeto y admiración se dirigían al unísono hacia su general.
La voz cálida, grave y penetrante de su padre cesó y al unísono surgió un grito de victoria de la garganta de los Samurais.
Kazo se retiró mientras Aki, el primero de su guardia personal de Siete Samurais tomaba el mando de la reunión y dejaba que el viejo Samurai descansara.
En menos de un momento, Kan sintió la mano de su padre en su hombro, señal de que tenía que estar más alerta y ser más rápido. El día que él fuera capaz de poner su mano primero en el hombro de su padre, ese día sería todo un Samurai. Mientras tanto sólo era un aprendiz.
- Padre, he fallado! - pronunció por fin el jóven Samurai - no he podido crear mi guardia personal de Siete Samurais, no puedo alcanzar la fuerza del equipo. Sólo mi amigo Goku se ha unido a mí y se que sólo ha sido por amistad.
- Hijo, no has fallado - la mirada de Kazo comunicaba comprensión, el había pasado por lo mismo hace mucho tiempo - solo has empezado, y todavía te falta mucho por aprender.
- Si padre, pero yo he hablado con todos mis amigos, les he contado las maravillas que hacéis tu y tus Samurais, el espíritu de trabajo en equipo, el honor... todo! y sabes lo que he conseguido? - el rostro de Kan se enrojeció de vergüenza e ira - Me miran con cara extraña, me dicen que eso no es posible, ¡Que son cuentos e ilusiones de un crío! Pero yo sé que es verdad, lo he visto con mis propios ojos y hay cosas que ya se hacer. ¿Cómo puedo convencerles padre? ¿Cómo puedo hacer que se unan a mí?
Kan guardó silencio, su padre le miró y vió en sus ojos una mirada de fé absoluta.
Naturalmente Kazo, como padre suyo, podra hacer el trabajo por el, reclutar y adiestrar aí esos Siete Samurais, pero entonces su hijo no aprendería. No, debía ser el mismo quien lo hiciera, y el viejo Samurai debía enseñarle el camino a su hijo igual que con cada uno de los cientos de soldados Samurais que había formado durante todos estos años.
- Hijo, con cuantas personas has hablado?
- Con muchas padre. Quince, quizás veinte.
- Y de veinte personas has conseguido que una, Kazo, diera el primer paso para convertirse en Samurai?
- Si padre... pero me faltan seis.
- Pues has tenido éxito mi querido Kan, aun sin saber trabajar correctamente.
Acuérdate de la historia de los pescadores de ostras, Stauros para conseguir sus siete ostras con perla necesito pescar cien ostras. Así, para conseguir a tus Siete Samurais tendrás que hablar con más de cien personas.
- Son muchas padre... sin embargo lo haré, hoy mismo lo haré!
- No debes precipitarte hijo. Si hablases todos los días con tanta gente descuidarías tus obligaciones. Lo primero que debes hacer es organizarte. Fija un horario. Reparte tu tiempo a lo largo del día. Dedica unas horas a hablar a la gente sobre las ventajas de ser Samurai, otras a practicar tus habilidades, otras a adquirir habilidades nuevas, otras a enseñar lo que sabes a tu equipo y por último acuérdate de descansar para recuperar fuerzas. A última hora del día haz un balance del día. Analiza lo que has hecho y medita sobre como podías haberlo hecho mejor. Y lo más importante, el último día de la semana analiza todo lo que has hecho y busca los defectos o fallos que puedas encontrar en tus actos, tu forma de actuar y de pensar. Anótalos y haz un plan de acción para remediarlos la semana siguiente. El Samurai ha de intentar ser cada vez mejor!
- Si me fijo un horario - dijo pensativo el hijo - podré actuar más eficientemente y me costará menos ponerme ha hacer las cosas, por que la propia fuerza de la costumbre me empujará ha hacer esa tarea. ¿No es así padre?
- Exacto hijo - El viejo Samurai estaba muy orgulloso de su hijo, con solo doce años ya era toda una promesa. Aprendía muy rapidamente y ponía todo de su parte para que así fuera.
Sin duda algún día superaría en méritos a su padre. Esa sería el mejor regalo que Kan pudiera hacerle a su anciano padre.
- A partir de ahora me organizaré. Y me podré pequeños objetivos que cumplir. Así cuando los alcanza sabré que he actuado correctamente.
- Sabes como se caminan mil leguas hijo mío?
- No, eso es mucha distancia ¿Cómo?
- Pues paso a paso, mi leguas no son más que muchos pequeños pasos que unidos hacen una distancia descomunal. La única forma de recorrerla es un paso detrás de otro. Si lo hacemos así, dividiendo la distancia a recorrer en noventa días y cada día en ocho horas de camino, y cada hora en sesenta minutos... descubriremos que sólo habremos de dar cinco pasos en un minuto durante tres meses para llegar a recorrer mil leguas. ¿Te parece mucho dar cinco pasos en un minuto?
- No padre! - dijo riéndose el aprendiz de Samurai - ¡Es muy fácil dar cinco pasos en un minuto! ¡¡¡Mira como los doy!!! - Y levantándose dio cinco pasos, se dió la vuelta y dió otros cinco pasos hacia su padre - Ves diez pasos en un minuto y todavía tengo tiempo para descansar!!!
- Pues de esta misma forma habrás de trabajar querido hijo, poco a poco, organizadamente y sin pausa. Hazlo así y en menos tiempo de lo que crees tendrás tu propio equipo de Siete Samurais!
Cualquier otro nombre:
El aprendiz de samurai
viernes, 1 de octubre de 2010
El aprendiz de samurai - relato 2-
GOLETAS SAMURAI
Kan escrutó entre los árboles. Su padre Kazo estaba a menos de dos pasos. Un solo salto y estaría encima de él. Aunque Kan no era más que un chiquillo, la sorpresa sería una gran ventaja. Era la hora de la siesta y su padre, el viejo Samurai, dormía plácidamente confiado. Su abdomen subía y bajaba lentamente. Esta vez ganaría el joven aprendiz de Samurai. En ese momento una mano se posó en el hombro de Kan. Era la señal de que había perdido la partida. Pero… ¡No podía ser! ¡Su padre dormía! ¿Qué era lo que pasaba? El inexperto Samurai miró a su espalda y vio a Aki, uno de los Siete Samuráis de su padre.
- Eso no vale – replicó Kan con su orgullo herido – es contra mi padre contra quien juego, tú no tienes nada que ver. – había estado tan cerca de ganar… y sin embargo su padre había vuelto a ganarle. ¡Y esta vez estando dormido! Un estallido de cólera se apoderó de su joven cuerpo de doce años y corrió adentrándose en el bosque mientras su espada katana replicaba contra su armadura.
- Ah! estás aquí hijo mío – susurró Kazo al oído de su hijo – Mi fiel Aki me ha contado lo ocurrido-. Kan sentía la suave y cálida mano de su padre en el hombro mientras la grave y penetrante voz de su padre calaba en sus pensamientos.
- Sí padre, siento haber huido, pero perdí! y eso me indignó!
- Querido Kan, otras veces has perdido y nunca antes te habías alterado de esta manera. ¿Por qué este enfado tan impropio de ti? – Las palabras de Kazo eran tranquilizadoras mientras se sentaba en una frágil rama al lado de su hijo.
- La cuestión Padre es que estabas dormido, y aun así me ganaste. Al principio no quise reconocerlo. Pero la verdad es que da lo mismo que fuera tu mano o la de Aki la que me tocara. A efectos perdí igual. Y eso me corroe. – Los ojos de la joven promesa Samurai irradiaban un pesar que caló en el corazón de su padre.
- Hijo mío. ¿Y qué has aprendido de este percance?
Los ojos de Kan se clavaron interrogantes en su padre. ¿Aprender? Había algo que aprender… sí había algo, pero todavía le resultaba muy lejano, podía sentirlo pero no sabía exactamente lo que era.
- Ah! Mi querido Kan, te queda tanto por aprender… y prometes tanto – Los ojos del viejo Samurai reflejaban un orgullo imposible de esconder, había visto que el pequeño Samurai empezaba a ver la luz y decidió ayudarlo – Te contaré una historia que te sacará de dudas:
“”"Existieron una vez, en unas tierras muy lejanas al, Oeste, más allá de las fronteras de Nuestro Imperio, dos pescadores de Ostras llamados Stauros y Giorgos. Stauros tenía mucho éxito, pero Giorgos no podía casi mantener a su familia. Un día Stauros se ofreció a bucear con Giorgos para ayudarle.
Fueron los dos juntos a la playa y Giorgos buceó hasta el fondo de un mar de aguas cristalinas y suaves. En el fondo encontró una gran ostra grande y fuerte, con unos brillos llamativos y pensó “esta ostra me hará rico!”, así que cogió con su cuchillo esa única ostra y se la llevó a la superficie con mucha calma y cuidado. Apenas pudo llegar a la playa y sentarse sobre su blanca y fina arena cuando sacó su cuchillo y empezó a abrir la ostra para recoger su perla.
Stauros, extrañado de que su amigo saliera tan pronto del agua salió también del agua y mirándolo extrañado le preguntó “¿Por qué has salido tan pronto?” y al ver la ostra en las manos de Giorgos le dijo “¡Has desperdiciado toda esa energía para coger sólo una ostra!” “Sé lo que hago” le contestó Giorgos “tengo un presentimiento con esta ostra. Tiene algo especial”
Stauros observó en silencio mientras Giorgos abría la ostra ¡Dios mío!, no había perla en la ostra! Giorgos cerró la ostra con cuidado y comenzó a acunarla entre sus cálidas manos…
“¿Qué haces ahora?” preguntó Stauros
“Creo en la ostra” respondió obstinadamente Giorgos “Si la cuido y la mantengo caliente, quizás acabe haciendo una perla para mí, por gratitud”
Negando con la cabeza ante la obstinada actitud de Giorgos, Stauros se marchó a sumergirse en las cálidas aguas del mar. Se estaba haciendo tarde y necesitaba trabajar. Así mientras Giorgos cuidaba su ostra especial meciéndola entre sus brazos, Stauros buceó solo y metió 100 ostras en su cubo, después subió a la playa y fue abriéndolas una a una. Cada ostra que no tenía perla la devolvía al agua.
A la caída del Sol Giorgos continuaba meciendo su ostra vacía. “¿Ha habido suerte?” preguntó Giorgos “Sí” contestó flamante Stauros “He tenido que devolver al mar a noventa y tres ostras. Sin embargo siete tenían una perla dentro. Esta noche llevaré a mi mujer a la taberna para celebrarlo!” “Stauros. ¡Siempre tienes suerte!” Suspiró resignado Giorgos acunando entre sus brazos su ostra vacía.”"”
Cuando cesó la suave voz del viejo Samurai, en la imaginación de Kan todavía vivían los dos pescadores de ostras. Kazo guardó silencio esperando que la sabiduría impresa en la vieja historia de los pescadores de ostras se asentara en el cerebro de su joven hijo.
- Padre, creo que entiendo la historia – dijo por fin Kan – pero no acabo de ver que relación tiene con que me ganaras.-
- Expresa tus pensamientos en voz alta hijo, así podré -ayudarte.
- El fallo de Giorgos era confiar su fortuna a una sola ostra, en vez de buscar entre muchas como hacía su compañero. Stauros recogía muchas ostras, y sólo se quedaba con las que tenían perlas. Del resto se deshacía. Por eso era mas afortunado que Giorgos ¿No es así padre?
- No hijo – corrigió el viejo Samurai – Stauros no era más afortunado que Giorgos, sólo conocía su oficio mejor. Igual que yo conozco mejor el nuestro que tú. La sabiduría de Stauros estaba en recoger muchas ostras y en acoger sólo a aquellas que tenían una perla dentro. También era sabio al devolverlas al mar, pues esas mismas ostras más adelante, quizás al año siguiente tuvieran dentro una ostra que recoger. ¿La entiendes ahora?
- Sí, pero sigo sin ver la relación con nuestro juego padre.
- Querido Kan, se te ha pasado un detalle. ¿Cuántas ostras con perla encontraba Stauros?
- Siete… – de repente un rayo de comprensión surcó los ojos del joven aprendiz – ¡Claro! Ahora lo entiendo! Siete ostras y siete Samurais. Cada ostra es un Samurai, un guerrero con características únicas de los cuales sólo hay unos pocos entre cientos.
- Lo que me quieres decir es que la fortuna de Stauros estaba en tener a siete perlas… a Siete Samuráis ¡No me estabas hablando de perlas! – Kan lanzó una mirada acusadora a su anciano padre que le había tendido una sutil trampa – Giorgos no poseía fortuna por que perdía el tiempo con ostras vacías mientras que Stauros supo encontrar a sus Siete Samurais, a sus siete ostras con perla entre un mar lleno de ostras sin valor. Se quedó sólo con las siete ostras que realmente eran especiales y tenían perla, las cuales representaban su gran fortuna por poseer un equipo perfecto. Y al resto de ostras sin valor las devolvió al cálido mar porque no estaban lo suficientemente desarrolladas para tener perlas todavía y debían madurar-.
- Correcto hijo – aprobó el padre orgulloso
- Sin embargo – Cortó el aprendiz entusiasmado – lo más importante de la historia es que la fortuna no viene por la fe, se alcanza solo por medio del trabajo duro y la persistencia.-
- Exacto! Kan, hoy te has ganado postre extra!
- Pero padre, no acabo de ver la relación… estoy de acuerdo de que no existe mayor fortuna que contar con tu equipo de Siete Samuráis… pero que tiene que ver eso con nuestro juego.-
- Lo que quiero decirte hijo, es que la mayor fuerza, hasta para un Samurai no está en su propia habilidad ni en su fuerza, ni en el afilado filo de su espada. Su verdadera fuerza está en su equipo. Hoy ha sido la prueba. – Los ojos de Kazo reflejaban un infinito amor hacia su hijo – Hoy has sido tú quien inofensivamente me ha atacado mientras dormía, pero otro día puede ser otra persona con mucho peores intenciones que tocarme en el hombro. Aunque ese día llegue, yo podré seguir durmiendo tranquilo, porque sé que tengo a Siete Samuráis que me ayudan día y noche, aun cuando yo descanso-. Kan por fin comprendió, le había costado un disgusto, un enfado y una historia pero al fin comprendió. La verdadera fuerza de un Samurai está en el trabajo en equipo. Un Samurai solo es difícil de abatir. Pero Siete Samuráis ¡PUEDEN MOVER EL MUNDO! De repente una idea surcó por su cabeza.
- Padre! – dijo entusiasmado – ¿Puedo yo empezar a formar mi propia guardia de Siete Samuráis?
- Claro hijo, para eso te he contado esta historia.
- Sin embargo, todavía no soy un Samurai de verdad, sólo soy un aprendiz… – dijo mientras miraba una hoja caída en el suelo – ¿Cómo voy a formarlos si aún no se yo mismo?
- Es cierto que todavía no eres un Samurai en toda regla. Lo que sí eres es un aprendiz y como tal conoces secretos que puedes enseñar – Explicó paciente el padre – Cuando yo empecé a enseñar a Aki, sólo era un aprendiz como tú. Yo le enseñaba día a día lo que sabía e iba aprendiendo. Nos adentramos juntos en el camino de la vida por el sendero del Samurai. Después más Samuráis se fueron uniendo a nosotros y juntos les enseñamos. Poco a poco pasamos de ser dos a ser un ejército invencible de Samuráis. Tú debes hacer lo mismo. Es tu tarea como Samurai ¿Lo harás?
- Padre, yo quiero ser un Samurai como tú. ¡Claro que lo haré! Y un abrazo selló su pacto.
Kan escrutó entre los árboles. Su padre Kazo estaba a menos de dos pasos. Un solo salto y estaría encima de él. Aunque Kan no era más que un chiquillo, la sorpresa sería una gran ventaja. Era la hora de la siesta y su padre, el viejo Samurai, dormía plácidamente confiado. Su abdomen subía y bajaba lentamente. Esta vez ganaría el joven aprendiz de Samurai. En ese momento una mano se posó en el hombro de Kan. Era la señal de que había perdido la partida. Pero… ¡No podía ser! ¡Su padre dormía! ¿Qué era lo que pasaba? El inexperto Samurai miró a su espalda y vio a Aki, uno de los Siete Samuráis de su padre.
- Eso no vale – replicó Kan con su orgullo herido – es contra mi padre contra quien juego, tú no tienes nada que ver. – había estado tan cerca de ganar… y sin embargo su padre había vuelto a ganarle. ¡Y esta vez estando dormido! Un estallido de cólera se apoderó de su joven cuerpo de doce años y corrió adentrándose en el bosque mientras su espada katana replicaba contra su armadura.
- Ah! estás aquí hijo mío – susurró Kazo al oído de su hijo – Mi fiel Aki me ha contado lo ocurrido-. Kan sentía la suave y cálida mano de su padre en el hombro mientras la grave y penetrante voz de su padre calaba en sus pensamientos.
- Sí padre, siento haber huido, pero perdí! y eso me indignó!
- Querido Kan, otras veces has perdido y nunca antes te habías alterado de esta manera. ¿Por qué este enfado tan impropio de ti? – Las palabras de Kazo eran tranquilizadoras mientras se sentaba en una frágil rama al lado de su hijo.
- La cuestión Padre es que estabas dormido, y aun así me ganaste. Al principio no quise reconocerlo. Pero la verdad es que da lo mismo que fuera tu mano o la de Aki la que me tocara. A efectos perdí igual. Y eso me corroe. – Los ojos de la joven promesa Samurai irradiaban un pesar que caló en el corazón de su padre.
- Hijo mío. ¿Y qué has aprendido de este percance?
Los ojos de Kan se clavaron interrogantes en su padre. ¿Aprender? Había algo que aprender… sí había algo, pero todavía le resultaba muy lejano, podía sentirlo pero no sabía exactamente lo que era.
- Ah! Mi querido Kan, te queda tanto por aprender… y prometes tanto – Los ojos del viejo Samurai reflejaban un orgullo imposible de esconder, había visto que el pequeño Samurai empezaba a ver la luz y decidió ayudarlo – Te contaré una historia que te sacará de dudas:
“”"Existieron una vez, en unas tierras muy lejanas al, Oeste, más allá de las fronteras de Nuestro Imperio, dos pescadores de Ostras llamados Stauros y Giorgos. Stauros tenía mucho éxito, pero Giorgos no podía casi mantener a su familia. Un día Stauros se ofreció a bucear con Giorgos para ayudarle.
Fueron los dos juntos a la playa y Giorgos buceó hasta el fondo de un mar de aguas cristalinas y suaves. En el fondo encontró una gran ostra grande y fuerte, con unos brillos llamativos y pensó “esta ostra me hará rico!”, así que cogió con su cuchillo esa única ostra y se la llevó a la superficie con mucha calma y cuidado. Apenas pudo llegar a la playa y sentarse sobre su blanca y fina arena cuando sacó su cuchillo y empezó a abrir la ostra para recoger su perla.
Stauros, extrañado de que su amigo saliera tan pronto del agua salió también del agua y mirándolo extrañado le preguntó “¿Por qué has salido tan pronto?” y al ver la ostra en las manos de Giorgos le dijo “¡Has desperdiciado toda esa energía para coger sólo una ostra!” “Sé lo que hago” le contestó Giorgos “tengo un presentimiento con esta ostra. Tiene algo especial”
Stauros observó en silencio mientras Giorgos abría la ostra ¡Dios mío!, no había perla en la ostra! Giorgos cerró la ostra con cuidado y comenzó a acunarla entre sus cálidas manos…
“¿Qué haces ahora?” preguntó Stauros
“Creo en la ostra” respondió obstinadamente Giorgos “Si la cuido y la mantengo caliente, quizás acabe haciendo una perla para mí, por gratitud”
Negando con la cabeza ante la obstinada actitud de Giorgos, Stauros se marchó a sumergirse en las cálidas aguas del mar. Se estaba haciendo tarde y necesitaba trabajar. Así mientras Giorgos cuidaba su ostra especial meciéndola entre sus brazos, Stauros buceó solo y metió 100 ostras en su cubo, después subió a la playa y fue abriéndolas una a una. Cada ostra que no tenía perla la devolvía al agua.
A la caída del Sol Giorgos continuaba meciendo su ostra vacía. “¿Ha habido suerte?” preguntó Giorgos “Sí” contestó flamante Stauros “He tenido que devolver al mar a noventa y tres ostras. Sin embargo siete tenían una perla dentro. Esta noche llevaré a mi mujer a la taberna para celebrarlo!” “Stauros. ¡Siempre tienes suerte!” Suspiró resignado Giorgos acunando entre sus brazos su ostra vacía.”"”
Cuando cesó la suave voz del viejo Samurai, en la imaginación de Kan todavía vivían los dos pescadores de ostras. Kazo guardó silencio esperando que la sabiduría impresa en la vieja historia de los pescadores de ostras se asentara en el cerebro de su joven hijo.
- Padre, creo que entiendo la historia – dijo por fin Kan – pero no acabo de ver que relación tiene con que me ganaras.-
- Expresa tus pensamientos en voz alta hijo, así podré -ayudarte.
- El fallo de Giorgos era confiar su fortuna a una sola ostra, en vez de buscar entre muchas como hacía su compañero. Stauros recogía muchas ostras, y sólo se quedaba con las que tenían perlas. Del resto se deshacía. Por eso era mas afortunado que Giorgos ¿No es así padre?
- No hijo – corrigió el viejo Samurai – Stauros no era más afortunado que Giorgos, sólo conocía su oficio mejor. Igual que yo conozco mejor el nuestro que tú. La sabiduría de Stauros estaba en recoger muchas ostras y en acoger sólo a aquellas que tenían una perla dentro. También era sabio al devolverlas al mar, pues esas mismas ostras más adelante, quizás al año siguiente tuvieran dentro una ostra que recoger. ¿La entiendes ahora?
- Sí, pero sigo sin ver la relación con nuestro juego padre.
- Querido Kan, se te ha pasado un detalle. ¿Cuántas ostras con perla encontraba Stauros?
- Siete… – de repente un rayo de comprensión surcó los ojos del joven aprendiz – ¡Claro! Ahora lo entiendo! Siete ostras y siete Samurais. Cada ostra es un Samurai, un guerrero con características únicas de los cuales sólo hay unos pocos entre cientos.
- Lo que me quieres decir es que la fortuna de Stauros estaba en tener a siete perlas… a Siete Samuráis ¡No me estabas hablando de perlas! – Kan lanzó una mirada acusadora a su anciano padre que le había tendido una sutil trampa – Giorgos no poseía fortuna por que perdía el tiempo con ostras vacías mientras que Stauros supo encontrar a sus Siete Samurais, a sus siete ostras con perla entre un mar lleno de ostras sin valor. Se quedó sólo con las siete ostras que realmente eran especiales y tenían perla, las cuales representaban su gran fortuna por poseer un equipo perfecto. Y al resto de ostras sin valor las devolvió al cálido mar porque no estaban lo suficientemente desarrolladas para tener perlas todavía y debían madurar-.
- Correcto hijo – aprobó el padre orgulloso
- Sin embargo – Cortó el aprendiz entusiasmado – lo más importante de la historia es que la fortuna no viene por la fe, se alcanza solo por medio del trabajo duro y la persistencia.-
- Exacto! Kan, hoy te has ganado postre extra!
- Pero padre, no acabo de ver la relación… estoy de acuerdo de que no existe mayor fortuna que contar con tu equipo de Siete Samuráis… pero que tiene que ver eso con nuestro juego.-
- Lo que quiero decirte hijo, es que la mayor fuerza, hasta para un Samurai no está en su propia habilidad ni en su fuerza, ni en el afilado filo de su espada. Su verdadera fuerza está en su equipo. Hoy ha sido la prueba. – Los ojos de Kazo reflejaban un infinito amor hacia su hijo – Hoy has sido tú quien inofensivamente me ha atacado mientras dormía, pero otro día puede ser otra persona con mucho peores intenciones que tocarme en el hombro. Aunque ese día llegue, yo podré seguir durmiendo tranquilo, porque sé que tengo a Siete Samuráis que me ayudan día y noche, aun cuando yo descanso-. Kan por fin comprendió, le había costado un disgusto, un enfado y una historia pero al fin comprendió. La verdadera fuerza de un Samurai está en el trabajo en equipo. Un Samurai solo es difícil de abatir. Pero Siete Samuráis ¡PUEDEN MOVER EL MUNDO! De repente una idea surcó por su cabeza.
- Padre! – dijo entusiasmado – ¿Puedo yo empezar a formar mi propia guardia de Siete Samuráis?
- Claro hijo, para eso te he contado esta historia.
- Sin embargo, todavía no soy un Samurai de verdad, sólo soy un aprendiz… – dijo mientras miraba una hoja caída en el suelo – ¿Cómo voy a formarlos si aún no se yo mismo?
- Es cierto que todavía no eres un Samurai en toda regla. Lo que sí eres es un aprendiz y como tal conoces secretos que puedes enseñar – Explicó paciente el padre – Cuando yo empecé a enseñar a Aki, sólo era un aprendiz como tú. Yo le enseñaba día a día lo que sabía e iba aprendiendo. Nos adentramos juntos en el camino de la vida por el sendero del Samurai. Después más Samuráis se fueron uniendo a nosotros y juntos les enseñamos. Poco a poco pasamos de ser dos a ser un ejército invencible de Samuráis. Tú debes hacer lo mismo. Es tu tarea como Samurai ¿Lo harás?
- Padre, yo quiero ser un Samurai como tú. ¡Claro que lo haré! Y un abrazo selló su pacto.
Cualquier otro nombre:
El aprendiz de samurai
lunes, 27 de septiembre de 2010
El aprendiz de samurai -relato 1
El aprendiz de Samurai: El Inicio
Hoy era un día feliz para Kan, hoy cumplía 12 años y su padre había prometido concederle el mayor de los tesoros. Una espada de Samurai. Naturalmente no sería una espada de doble diamante como la de su padre, sería una sencilla katana. Lo demás habría de ganárselo por si mismo. Era un inmenso honor el que le hacía su padre. A partir de ahora dejaba de ser un niño para convertiste en todo un aprendiz de Samurai. Un brillante futuro se presentaba por delante si estaba dispuesto a aprender y a trabajar. Y Kan lo estaba desde lo más profundo de su corazón.
Su padre Kazo estaba frente a él, solemne e imponente como era natural en su persona. El anciano Samurai aparentaba mucha menos edad de la que realmente tenía, solo su larga cabellera blanca y unos ojos llenos de sabiduría rebelaban su verdadera edad. Su armadura de General Samuai reflejaba los dorados rayos del sol como si fuera de oro mientras que los dobles diamantes engastados en la empuñadura de su propia espada katana formaba un doble arco iris enlazado en su base. Kazo había luchado mil batallas y formado a cientos de Samurais, y por fin hoy iba a instruir a su propio hijo. Un acontecimiento que llevaba esperando desde hace doce años. En sus manos sostenía la futura katana de su hijo, un arma poderosa que debía usarse con sabiduría. Kan debía entender que lo más importante de un Samuai no era su arma, sino su sabiduría y su honor.
La cara de Kan resplandeciente de honor y gozo al recibir su espada, llenó el corazón de su padre de un orgullo como nunca antes había sentido. Ahora ya era oficial, el joven aprendiz había superado todas las sutiles trampas que se le habían tendido y por sus propios méritos se había convertido en uno más del clan.
Esa misma noche, después de las celebraciones y las risas, padre e hijo se sentaron juntos alrededor de la hoguera. La noche era cálida y en el cielo lucían las estrellas como luciérnagas en un estanque, la Luna llena brillaba con fuerza, como si quisiera arropar al joven Samurai con sus rayos de luz.
- Hijo mío - La voz de Kazo era grave, relajante y penetrante como las caricias de una madre - Hoy has dado un paso muy importante en tu vida. Has dejado de ser una persona normal, has dejado el bosque para introducirte en el camino de la vida por el sendero del Samurai. Has superado la trampa invisible que tienden los fantasmas del miedo y del fracaso. Nunca luches contra los fantasmas del miedo, ellos harán que todos los problemas parezcan agolparse para vencerte y doblegarte, cuando estos fantasmas te ataquen, no te defiendas, sigue adelante enfrentándote a los problemas uno a uno. Ese es el único secreto del éxito hijo mío.-
- Si padre, estas semanas las dudas recorrían mi mente - Kan miraba a la Luna en busca de fuerzas para expresar lo que había sentido - no sabía si sería capaz de llegar al final, tenía miedo de entrar en la senda del Samurai por miedo al fracaso, por miedo a decepcionarte, por miedo a que se rieran de mi los demás mientras no domine todas las técnicas como lo hace un Samurai de verdad. Era un dolor intenso - dijo mientras su mano se posaba en su estomago - como si me clavaran afiladas agujas en el estomago. Pero me di cuenta que si no empezaba, habría fracasado aun antes de intentarlo. - Sus ojos se clavaron en los de su padre - No se si llegaré algún día a ser un Samurai tan bueno y poderoso como tú padre, pero ten por seguro que lo intentaré hasta con el último vestigio de mi alma, nunca me rendiré al camino. Siempre seguiré -adelante.
Kazo no podría estar más orgulloso. Su hijo poseía una fuerza que le conduciría allí donde él quisiera. Por que nadie mejor que el viejo Samurai sabía que el mayor secreto para conseguir en la vida lo que se desea es el no rendirse jamas. A su tierna edad ya conocía ese secreto sin duda llegaría muy lejos, mucho más lejos que su padre el General de Generales.
- Hijo, ahora eres parte de los Samurais y por lo tanto has de regirte como tal - El viejo Samurai cogió un grueso leño y se lo paso a su hijo. - Parte este leño hijo mío, se que puedes hacerlo-.
- Pero padre, este leño es muy grueso, - dijo el jóven abatido - y yo solo tengo doce años, aun no soy un hombre maduro. No tengo la fuerza suficiente-.
- Claro que tienes la fuerza hijo, pero tu fuerza no esta en tus músculos - sentenció a la vez que rodeaba con su grande y cálida mano el estrecho brazo de su hijo - Si no en tu cabeza, es en tu inteligencia y en tu fuerza de voluntad donde posees la energía suficiente para realizar todo aquello que desees.
Si piensas que no eres capaz de hacerlo... seguramente nunca serás capaz. Sin embargo, si estás convencido de que es posible, y desde el fondo de tu corazón brilla la verde llama de la esperanza y la fe en ti mismo. Podrás hacer lo que desees, solo habrás de buscar el medio.-
- Pero padre... - Kan quería creer a su padre, era un Samurai y los Samurais nunca mienten. Entonces debía existir una forma... pero cual - ¡Ya se! Ahora yo también soy un Samurai, ¡puedo hacer lo imposible!-
Y desenfundando por primera vez su katana lanzó con todas sus fuerzas un terrible golpe contra el tronco... consiguiendo que la katana se incrustara fuertemente dentro del tronco. Kan intentó sacarla de un tirón, pero sus esfuerzos eran inútiles. Estaba demasiado fuertemente enganchada. Se estaba poniendo muy nervioso, y si no fuera por que la cálida mano de su padre le calmó, como tantas veces había hecho de pequeño, se habría echado a llorar.
- Tu intento ha sido digno de elogio Kan, pero has de aprender antes de hacer. - El viejo samurai tomó entre sus manos la espada de su hijo y con un giro rápido de muñeca extrajo la espada del tronco. - Has de fijarte pequeños objetivos, fáciles de cumplir con tus capacidades, para conseguir lo que deseas.- Dicho esto devolvió la espada a su hijo. - Primero intenta crear una zanja en el tronco, no de un golpe directo, si no de dos curvos que te ayuden a debilitar la rama.-
Kan lanzó un tajo curvo y cortante que hizo saltar unas astillas del tronco, a continuación lanzó otro en dirección opuesta que hizo que casi la mitad del tronco se dispersara por el suelo. Animado repitió la operación y unos instantes después el grueso tronco reposaba en el suelo, partido en dos pedazos y un montón de astillas.
- Tienes razón padre! El tronco entero era demasiado para mí, pero poco a poco he logrado debilitarlo y al final yo he vencido. Si hubiera pensado que no podía, nunca lo hubiera intentado. Pero decidí que era capaz, que debía de existir una manera de cortarlo y la encontré!-
- Siempre existe una manera - La voz del viejo Samurai penetró en los oídos de su hijo grabando estas palabras a fuego - siempre existe una manera de lograr lo que deseamos.
- Y para ello debemos hacer lo que sea padre - Preguntó inocentemente Kan.
Kazo se alarmó, no quería que su hijo le interpretara mal, siempre había que regirse por el honor y la generosidad, pero una vez que vio la inocente mirada de su hijo, la calma se apoderó otra vez de su corazón.
- Hijo, Puedes conseguir todo lo que desees en la vida pero no te olvides que no puedes dañar a otros para lograrlo. Además es necesario que ayudes a quien encuentres en tu camino.-
- No entiendo padre.-
- Tu sabes que el granjero siempre recoge más de lo que siembra ¿No es así? - Kazo sabía que su hijo había ayudado a sembrar a sus vecinos y se había quedado maravillado al ver como crecían las plantas día a día y como de un puñado de semillas surgían, con el tiempo, cientos de sabrosos frutos - Pues igual que el granjero siempre recoge más que lo que siembra, tu debes saber que no estas solo y has de ayudar todo lo que puedas a los demás, si lo haces así después recogerás la cosecha más fructífera que nunca hayas soñado.
-
Kan quedó pensativo, todavía era muy joven para entender todas las palabras de su padre, pero el sabía que su padre siempre había sido generoso y gracias a ello había llegado a ser un general de generales, por eso decidió firmemente que él haría lo mismo.
- Padre, tengo una duda que me atormenta - Se sinceró Kan - antes no te la quise decir por que hoy es un día de dicha. Pero no concuerda con lo que me acabas de decir.-
- ¿Si hijo?-
- Ayer conté a mis amigos del pueblo que me iba a convertir en Samurai, que aprendería los secretos de nuestro arte y que me convertiría en el tipo de guerrero más poderoso que existe - los ojos de Kan se clavaron en el crujiente fuego - y los otros niños se rieron de mí, me dijeron que era un blandengue, que todo eran mentiras y que tuviera cuidado porque lo más seguro es que me dieran una paliza los verdaderos Samurais por mentiroso y que luego me echarían a la hoguera. ¿he de ser generoso también con esos niños padre?-
- Hijo... - Una sonrisa de comprensión surcaba los labios del viejo Samurai, a él le había pasado lo mismo en su juventud y sabía que las mismas personas que hoy criticaban y ridiculizaban a su hijo, mañana serían sus más fervientes admiradores por su valentía y coraje - Hay una forma muy fácil de evitar las críticas...-
-¿Cuales padre? - Preguntó entusiasmado Kan
- ... simplemente no tengas nada que y no hagas nada, consigue un trabajo de barrendero y mata tu ambición. Es un remedio que nunca falla.-
- ¡Pero Padre! Eso no es lo que yo quiero, yo quiero ser fuerte y poderoso como tú, tengo aspiraciones y sueños que quiero cumplir en la vida. Y solo tengo esta vida para hacer esos sueños realidad ¿Como me pides que haga eso?-
- Entonces Kan, ten mucho cuidado con los ladrones de sueños - dijo Kazo misterioso
- ¿Los ladrones de sueños? - El niño Samurai miró temeroso a su alrededor- ¿Que son? ¿demonios de la noche? ¿Duendes malignos? ¿Seres tenebrosos?-
- No hijo, son tus amigos y personas cercanas a ti-
Los ojos de su hijo lo miraban con una expresión triste, como si le acabara de caer el mundo encima.- No te preocupes, solo son amigos tuyos, mal informados que quieren protegerte, quieren todo el bien para ti y que no sufras, por eso intentarán detenerte en todos los proyectos que hagas, para evitar que fracases y te hagas daño.-
- Pero entonces son como los fantasmas del miedo y del fracaso, quieren mi bien y sin embargo me infringen el mayor daño que puede existir. Robándome mis sueños, mis ambiciones y por tanto las más poderosas armas que tengo para alcanzar lo que yo quiero. Si nunca lo intento... nunca lo conseguiré. Es cierto que si lo intento puedo fracasar, sin embargo también puedo tener éxito y conseguir lo que yo quiero!-
- Eso es hijo y además, sin quererlo, acabas de descubrir tus tres armas más poderosas.-
- ¡Cuales! dímelo - su ilusión ante la perspectiva de tener más armas era enorme.
- La primera el Entusiasmo, si crees en lo que haces y de verdad te gusta podrás conseguirlo todo y debes creerlo con todos los vestigios de tu ser.
-Kan asintió con la cabeza temeroso de interrumpir a su padre.
- La segunda ¡El Empuje! Has de aprender y trabajar, aprender y trabajar y después... enseñar, aprender y trabajar. Solo con el trabajo conseguirás tus objetivos. Si pretendes aprovecharte de la gente solo encontraras el fracaso, sin embargo, si trabajas con honor, en equipo y siempre intentas superarte... no habrá nada que pueda pararte.- Kan poso la mano en su corazón y se prometió a si mismo, en absoluto silencio que siempre trabajaría con honor y que nadie le pararía.
- Y tercer la Constancia - los ojos de Kan preguntaban a su padre que era la constancia, acaso no era lo mismo que el empuje - La Constancia hijo mío, es la capacidad de aguantar en los tiempos duros y seguir trabajando para que vengan los tiempos buenos, la constancia es el Arte de Continuar Siempre! Tú ahora acabas de empezar y mañana empezarás a practicar con los Samurais. Al principio, después de cada entrenamiento, te dolerán los músculos y estarás cansado, tendrás ganas de abandonarlo todo por que pensarás que esto es demasiado duro para ti. Pero si eres Contante y continuas aprendiendo y practicando, poco a poco tu cuerpo se irá adaptando y desarrollando, así como tu mente. Y veras como cada vez las cosas te resultarán más fáciles y obtendrás más resultados y más fácilmente. Los comienzos son siempre duros hijo, y solo si eres Constante tendrás el éxito asegurado.-
Kazo vio como su joven hijo asentía medio dormido. Ya era tarde y hoy había aprendido más que en toda su vida. El viejo Samurai cogió a su hijo, ahora aprendiz de su arte, en sus brazos, levantando, a pesar de su avanzada edad, como si de una pluma se tratara.
Su hijo le susurró algo al oído "gracias papá!" antes de quedarse dormido. El general de generales se preguntó si realmente su hijo seguiría al pie de la letra todos los consejos que hoy había aprendido. Sabía que si así lo hacía llegaría aun más alto de lo que él, general de generales, había logrado.
Hoy era un día feliz para Kan, hoy cumplía 12 años y su padre había prometido concederle el mayor de los tesoros. Una espada de Samurai. Naturalmente no sería una espada de doble diamante como la de su padre, sería una sencilla katana. Lo demás habría de ganárselo por si mismo. Era un inmenso honor el que le hacía su padre. A partir de ahora dejaba de ser un niño para convertiste en todo un aprendiz de Samurai. Un brillante futuro se presentaba por delante si estaba dispuesto a aprender y a trabajar. Y Kan lo estaba desde lo más profundo de su corazón.
Su padre Kazo estaba frente a él, solemne e imponente como era natural en su persona. El anciano Samurai aparentaba mucha menos edad de la que realmente tenía, solo su larga cabellera blanca y unos ojos llenos de sabiduría rebelaban su verdadera edad. Su armadura de General Samuai reflejaba los dorados rayos del sol como si fuera de oro mientras que los dobles diamantes engastados en la empuñadura de su propia espada katana formaba un doble arco iris enlazado en su base. Kazo había luchado mil batallas y formado a cientos de Samurais, y por fin hoy iba a instruir a su propio hijo. Un acontecimiento que llevaba esperando desde hace doce años. En sus manos sostenía la futura katana de su hijo, un arma poderosa que debía usarse con sabiduría. Kan debía entender que lo más importante de un Samuai no era su arma, sino su sabiduría y su honor.
La cara de Kan resplandeciente de honor y gozo al recibir su espada, llenó el corazón de su padre de un orgullo como nunca antes había sentido. Ahora ya era oficial, el joven aprendiz había superado todas las sutiles trampas que se le habían tendido y por sus propios méritos se había convertido en uno más del clan.
Esa misma noche, después de las celebraciones y las risas, padre e hijo se sentaron juntos alrededor de la hoguera. La noche era cálida y en el cielo lucían las estrellas como luciérnagas en un estanque, la Luna llena brillaba con fuerza, como si quisiera arropar al joven Samurai con sus rayos de luz.
- Hijo mío - La voz de Kazo era grave, relajante y penetrante como las caricias de una madre - Hoy has dado un paso muy importante en tu vida. Has dejado de ser una persona normal, has dejado el bosque para introducirte en el camino de la vida por el sendero del Samurai. Has superado la trampa invisible que tienden los fantasmas del miedo y del fracaso. Nunca luches contra los fantasmas del miedo, ellos harán que todos los problemas parezcan agolparse para vencerte y doblegarte, cuando estos fantasmas te ataquen, no te defiendas, sigue adelante enfrentándote a los problemas uno a uno. Ese es el único secreto del éxito hijo mío.-
- Si padre, estas semanas las dudas recorrían mi mente - Kan miraba a la Luna en busca de fuerzas para expresar lo que había sentido - no sabía si sería capaz de llegar al final, tenía miedo de entrar en la senda del Samurai por miedo al fracaso, por miedo a decepcionarte, por miedo a que se rieran de mi los demás mientras no domine todas las técnicas como lo hace un Samurai de verdad. Era un dolor intenso - dijo mientras su mano se posaba en su estomago - como si me clavaran afiladas agujas en el estomago. Pero me di cuenta que si no empezaba, habría fracasado aun antes de intentarlo. - Sus ojos se clavaron en los de su padre - No se si llegaré algún día a ser un Samurai tan bueno y poderoso como tú padre, pero ten por seguro que lo intentaré hasta con el último vestigio de mi alma, nunca me rendiré al camino. Siempre seguiré -adelante.
Kazo no podría estar más orgulloso. Su hijo poseía una fuerza que le conduciría allí donde él quisiera. Por que nadie mejor que el viejo Samurai sabía que el mayor secreto para conseguir en la vida lo que se desea es el no rendirse jamas. A su tierna edad ya conocía ese secreto sin duda llegaría muy lejos, mucho más lejos que su padre el General de Generales.
- Hijo, ahora eres parte de los Samurais y por lo tanto has de regirte como tal - El viejo Samurai cogió un grueso leño y se lo paso a su hijo. - Parte este leño hijo mío, se que puedes hacerlo-.
- Pero padre, este leño es muy grueso, - dijo el jóven abatido - y yo solo tengo doce años, aun no soy un hombre maduro. No tengo la fuerza suficiente-.
- Claro que tienes la fuerza hijo, pero tu fuerza no esta en tus músculos - sentenció a la vez que rodeaba con su grande y cálida mano el estrecho brazo de su hijo - Si no en tu cabeza, es en tu inteligencia y en tu fuerza de voluntad donde posees la energía suficiente para realizar todo aquello que desees.
Si piensas que no eres capaz de hacerlo... seguramente nunca serás capaz. Sin embargo, si estás convencido de que es posible, y desde el fondo de tu corazón brilla la verde llama de la esperanza y la fe en ti mismo. Podrás hacer lo que desees, solo habrás de buscar el medio.-
- Pero padre... - Kan quería creer a su padre, era un Samurai y los Samurais nunca mienten. Entonces debía existir una forma... pero cual - ¡Ya se! Ahora yo también soy un Samurai, ¡puedo hacer lo imposible!-
Y desenfundando por primera vez su katana lanzó con todas sus fuerzas un terrible golpe contra el tronco... consiguiendo que la katana se incrustara fuertemente dentro del tronco. Kan intentó sacarla de un tirón, pero sus esfuerzos eran inútiles. Estaba demasiado fuertemente enganchada. Se estaba poniendo muy nervioso, y si no fuera por que la cálida mano de su padre le calmó, como tantas veces había hecho de pequeño, se habría echado a llorar.
- Tu intento ha sido digno de elogio Kan, pero has de aprender antes de hacer. - El viejo samurai tomó entre sus manos la espada de su hijo y con un giro rápido de muñeca extrajo la espada del tronco. - Has de fijarte pequeños objetivos, fáciles de cumplir con tus capacidades, para conseguir lo que deseas.- Dicho esto devolvió la espada a su hijo. - Primero intenta crear una zanja en el tronco, no de un golpe directo, si no de dos curvos que te ayuden a debilitar la rama.-
Kan lanzó un tajo curvo y cortante que hizo saltar unas astillas del tronco, a continuación lanzó otro en dirección opuesta que hizo que casi la mitad del tronco se dispersara por el suelo. Animado repitió la operación y unos instantes después el grueso tronco reposaba en el suelo, partido en dos pedazos y un montón de astillas.
- Tienes razón padre! El tronco entero era demasiado para mí, pero poco a poco he logrado debilitarlo y al final yo he vencido. Si hubiera pensado que no podía, nunca lo hubiera intentado. Pero decidí que era capaz, que debía de existir una manera de cortarlo y la encontré!-
- Siempre existe una manera - La voz del viejo Samurai penetró en los oídos de su hijo grabando estas palabras a fuego - siempre existe una manera de lograr lo que deseamos.
- Y para ello debemos hacer lo que sea padre - Preguntó inocentemente Kan.
Kazo se alarmó, no quería que su hijo le interpretara mal, siempre había que regirse por el honor y la generosidad, pero una vez que vio la inocente mirada de su hijo, la calma se apoderó otra vez de su corazón.
- Hijo, Puedes conseguir todo lo que desees en la vida pero no te olvides que no puedes dañar a otros para lograrlo. Además es necesario que ayudes a quien encuentres en tu camino.-
- No entiendo padre.-
- Tu sabes que el granjero siempre recoge más de lo que siembra ¿No es así? - Kazo sabía que su hijo había ayudado a sembrar a sus vecinos y se había quedado maravillado al ver como crecían las plantas día a día y como de un puñado de semillas surgían, con el tiempo, cientos de sabrosos frutos - Pues igual que el granjero siempre recoge más que lo que siembra, tu debes saber que no estas solo y has de ayudar todo lo que puedas a los demás, si lo haces así después recogerás la cosecha más fructífera que nunca hayas soñado.
-
Kan quedó pensativo, todavía era muy joven para entender todas las palabras de su padre, pero el sabía que su padre siempre había sido generoso y gracias a ello había llegado a ser un general de generales, por eso decidió firmemente que él haría lo mismo.
- Padre, tengo una duda que me atormenta - Se sinceró Kan - antes no te la quise decir por que hoy es un día de dicha. Pero no concuerda con lo que me acabas de decir.-
- ¿Si hijo?-
- Ayer conté a mis amigos del pueblo que me iba a convertir en Samurai, que aprendería los secretos de nuestro arte y que me convertiría en el tipo de guerrero más poderoso que existe - los ojos de Kan se clavaron en el crujiente fuego - y los otros niños se rieron de mí, me dijeron que era un blandengue, que todo eran mentiras y que tuviera cuidado porque lo más seguro es que me dieran una paliza los verdaderos Samurais por mentiroso y que luego me echarían a la hoguera. ¿he de ser generoso también con esos niños padre?-
- Hijo... - Una sonrisa de comprensión surcaba los labios del viejo Samurai, a él le había pasado lo mismo en su juventud y sabía que las mismas personas que hoy criticaban y ridiculizaban a su hijo, mañana serían sus más fervientes admiradores por su valentía y coraje - Hay una forma muy fácil de evitar las críticas...-
-¿Cuales padre? - Preguntó entusiasmado Kan
- ... simplemente no tengas nada que y no hagas nada, consigue un trabajo de barrendero y mata tu ambición. Es un remedio que nunca falla.-
- ¡Pero Padre! Eso no es lo que yo quiero, yo quiero ser fuerte y poderoso como tú, tengo aspiraciones y sueños que quiero cumplir en la vida. Y solo tengo esta vida para hacer esos sueños realidad ¿Como me pides que haga eso?-
- Entonces Kan, ten mucho cuidado con los ladrones de sueños - dijo Kazo misterioso
- ¿Los ladrones de sueños? - El niño Samurai miró temeroso a su alrededor- ¿Que son? ¿demonios de la noche? ¿Duendes malignos? ¿Seres tenebrosos?-
- No hijo, son tus amigos y personas cercanas a ti-
Los ojos de su hijo lo miraban con una expresión triste, como si le acabara de caer el mundo encima.- No te preocupes, solo son amigos tuyos, mal informados que quieren protegerte, quieren todo el bien para ti y que no sufras, por eso intentarán detenerte en todos los proyectos que hagas, para evitar que fracases y te hagas daño.-
- Pero entonces son como los fantasmas del miedo y del fracaso, quieren mi bien y sin embargo me infringen el mayor daño que puede existir. Robándome mis sueños, mis ambiciones y por tanto las más poderosas armas que tengo para alcanzar lo que yo quiero. Si nunca lo intento... nunca lo conseguiré. Es cierto que si lo intento puedo fracasar, sin embargo también puedo tener éxito y conseguir lo que yo quiero!-
- Eso es hijo y además, sin quererlo, acabas de descubrir tus tres armas más poderosas.-
- ¡Cuales! dímelo - su ilusión ante la perspectiva de tener más armas era enorme.
- La primera el Entusiasmo, si crees en lo que haces y de verdad te gusta podrás conseguirlo todo y debes creerlo con todos los vestigios de tu ser.
-Kan asintió con la cabeza temeroso de interrumpir a su padre.
- La segunda ¡El Empuje! Has de aprender y trabajar, aprender y trabajar y después... enseñar, aprender y trabajar. Solo con el trabajo conseguirás tus objetivos. Si pretendes aprovecharte de la gente solo encontraras el fracaso, sin embargo, si trabajas con honor, en equipo y siempre intentas superarte... no habrá nada que pueda pararte.- Kan poso la mano en su corazón y se prometió a si mismo, en absoluto silencio que siempre trabajaría con honor y que nadie le pararía.
- Y tercer la Constancia - los ojos de Kan preguntaban a su padre que era la constancia, acaso no era lo mismo que el empuje - La Constancia hijo mío, es la capacidad de aguantar en los tiempos duros y seguir trabajando para que vengan los tiempos buenos, la constancia es el Arte de Continuar Siempre! Tú ahora acabas de empezar y mañana empezarás a practicar con los Samurais. Al principio, después de cada entrenamiento, te dolerán los músculos y estarás cansado, tendrás ganas de abandonarlo todo por que pensarás que esto es demasiado duro para ti. Pero si eres Contante y continuas aprendiendo y practicando, poco a poco tu cuerpo se irá adaptando y desarrollando, así como tu mente. Y veras como cada vez las cosas te resultarán más fáciles y obtendrás más resultados y más fácilmente. Los comienzos son siempre duros hijo, y solo si eres Constante tendrás el éxito asegurado.-
Kazo vio como su joven hijo asentía medio dormido. Ya era tarde y hoy había aprendido más que en toda su vida. El viejo Samurai cogió a su hijo, ahora aprendiz de su arte, en sus brazos, levantando, a pesar de su avanzada edad, como si de una pluma se tratara.
Su hijo le susurró algo al oído "gracias papá!" antes de quedarse dormido. El general de generales se preguntó si realmente su hijo seguiría al pie de la letra todos los consejos que hoy había aprendido. Sabía que si así lo hacía llegaría aun más alto de lo que él, general de generales, había logrado.
Cualquier otro nombre:
El aprendiz de samurai
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